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Buenos Aires
La mitad de su vida trabajó con los Kirchner. Aseguró que la plata de la corrupción llegaba sin control a Santa Cruz y luego iba al domicilio presidencial.
Cuando Néstor Kirchner le pegaba, jugando pero fuerte, él era uno de los pocos que se animaba a devolverle los golpes.
Tanta confianza se tenía con el ex presidente, o los unía una amistad nacida en el ámbito laboral y atravesada por broncas variables, que una vez replicó el azote de su jefe con fuerza: hizo sangrar al Presidente en ejercicio. Kirchner solía castigar a sus hombres de mayor confianza con esas “bromas” algo violentas, órdenes tortuosas, o gritos repentinos con tono de iracundia.
Víctor Fabián Gutiérrez trabajó casi la mitad de su vida para él y, sobre todo, para Cristina Fernández. Fue secretario adjunto de la Presidencia desde el 2003 al 2010, pero con quien pasaba más tiempo era con “la doctora”, como le decía en público.
El martes pasado fue detenido en Río Gallegos por orden del juez del caso de los “cuadernos K”, Claudio Bonadio.
El viernes, de modo sorpresivo, Gutiérrez se presentó en la fiscalía de Carlos Stornelli y anunció que estaba dispuesto a declarar en el expediente como “arrepentido”. Según pudo reconstruir Clarín en base a diversas fuentes de la investigación, y a pesar del hermetismo de las autoridades judiciales, Gutiérrez confirmó la dinámica de las rutas de bolsos con dinero que salían desde Buenos Aires hasta Río Gallegos, o El Calafate, Santa Cruz.
Dio detalles de esas travesías. Néstor y Cristina estaban al tanto de esa logística, aseguró. Complicó a Cristina tal vez como ningún otro de los veintiún “imputados colaboradores” que Stornelli logró hacer hablar en el expediente que hace temblar al poder político y económico. “Fabián”, como le decían los Kirchner, habló.
“Fabián” transitó buena parte de su vida adulta en la privacidad de la familia K. Primero en la Gobernación de Santa Cruz.

Asistente
En la Casa Rosada. En el Senado, donde era asistente de la otra vez legisladora nacional aforada Cristina Fernández. Y vivió horas que podrían sumarse como días, semanas y meses entre las habitaciones y pasillos de la casa de los Presidentes: la Quinta de Olivos.
En la causa de los “cuadernos K”, Bonadio procesó a Cristina Fernández como jefa de una asociación ilícita que usó medios del Estado para recaudar millones de dólares de la corrupción.
A partir del lunes (hoy), el magistrado analizará junto a Stornelli y a su colega Carlos Rívolo los dichos como “arrepentido” de Gutiérrez. El juez es quien tiene la potestad para homologar el acuerdo que “Fabián” firmó con Stornelli el viernes pasado.
“Fue una declaración fuerte”, dijo el fiscal, escueto frente a la prensa en Tribunales.
Había pasado cuatro horas de charla con el ex secretario K. Por momentos, Gutiérrez parecía acribillar con su mirada cuando hablaba de determinadas personas. Tal vez no lo haya confesado, pero nunca se llevó bien con el ex ministro De Planificación Federal, Julio De Vido, ni con los funcionarios de ese organismo. Otro de sus “rivales” en la gestión era el subjefe de la ex SIDE, Francisco Larcher.
Y en los últimos años se ganó también la distancia colérica del hijo de su jefa, Máximo Kirchner, con quien en el pasado tenía un vínculo de confianza. Se rompió.

Dichos
Tras analizar sus dichos como arrepentido, los investigadores de la causa de los cuadernos podrían pedirle que amplíe la información sobre detalles de lo que reveló.
El ex secretario privado de la principal acusada en este proceso intentó despegarse de los delitos de un expediente repleto de pruebas.
A pesar de eso, de modo formal, él mismo, al declarar como “arrepentido”, aceptó haber formado parte de esta historia de recolección y distribución de millones de dólares que pagaban empresarios de diversos rubros a los ex funcionarios K.
Este diario pudo saber, siempre de acuerdo a trascendidos de fuentes que conocen la trastienda del expediente, que Gutiérrez aceptó ante la Justicia que los bolsos que se llevaban al sur cargaban dinero de la corrupción. Dijo que eran manipulados por el secretario más privado y reservado de los Kirchner: Daniel Muñoz, ya fallecido. Y aseguró que esa plata llegaba sin control al aeropuerto de Río Gallegos o de El Calafate e iba directo a casas de los Kirchner.
Allí era guardada en bóvedas que juró no haber visto nunca, a pesar de que habría escuchado comentarios de primera mano sobre cómo eran o donde estarían.
Tal como publicó La Nación, Gutiérrez desmintió la versión de otro “arrepentido” del caso, el ex secretario de Obras Públicas de las tres presidencias K, José López, que había sorprendido a la Justicia asegurando que había sido “Fabián Gutiérrez” la persona que lo había contactado para hacerle saber que debía esconder los casi 9 millones de dólares que él llevó, en vano, en una noche de paranoia y miedo, a un convento informal en General Rodríguez, donde fue encontrado “in fraganti” por la Policía Bonaerense.
Gutiérrez ya está “jugado”, como se suele decir en la jerga de la calle.
Preso hasta el que el juez homologue su acuerdo con el fiscal.
El martes pasado estaba en uno de sus dos hoteles, el más pequeño, en Río Gallegos, cuando le avisaron que la Policía Federal lo esperaba para llevárselo a la cárcel.
Hacía unos días se enteró que supuestos agente de Inteligencia lo buscaban.
Gutiérrez se hizo rico mientras fue funcionario. Lo investigó la Justicia.
Es dueño de varias propiedades, y de otro hotel, de lujo, ubicado en Ushuaia, llamado Sur Lodge Hostería.
El emprendimiento, un mal negocio si se contaran cuántos huéspedes hospeda, incluye un servicio de paseo por el Lago Fagnano en un barco costoso. En el El Calafate, a fines del 2009, se construyó una mansión.
Según una denuncia del sitio OPI Santa Cruz, tuvo un costo un millón de dólares. Él se defendió diciendo que la construcción le había salido, en realidad, 300 mil dólares.
Con sueldo de empleado público, su fortuna creció de modo extraordinario. Dejó su cargo de secretario privado de la Presidenta en el 2010.
Lo investigaba la Justicia y la relación entre Jefa y subordinado no pasaba un buen momento. Ella, en un arranque de ira similar a los que tenía su marido, hizo volar muy cerca de Gutierrez un cenicero pesado. En su renuncia influyó quien “asumió” como nuevo jefe del clan K, Máximo. El tiempo reconcilió a Gutiérrez con Cristina.
En los últimos meses él siempre la visitaba cuando ella volvía a Río Gallegos.
Ahora está preso. Y empezó a contar lo que sabe. Trabajaba en un cargo formal junto a los Kirchner desde hace diecisiete años. Pero se había acercado a su entorno a mediados de los años 90 porque su mamá, Teresa García, era militante del Frente para la Victoria. Fue titular de la Caja de Servicios Sociales de Santa Cruz.