Por Karin SIlvina Hiebaum
De la psicología al análisis político

Como psicóloga y analista política, intento observar las situaciones políticas y gubernamentales desde otro aspecto.
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El kirchnerismo padece el síndrome de Hubris. En estas últimas elecciones quedó en evidencia la arrogancia y adicción al poder que se suma a la patología que ya sabemos que tiene el kirchnerismo: Negación de la realidad. Si no lo ven no existe. Así funcionan desde los militantes hasta la cúpula máxima del poder.

David Owen, médico y político británico es quien identificó este síndrome. La palabra Hubris proviene del griego hybris y refiere a la descripción de un acto en el cual un personaje poderoso se comporta con soberbia y arrogancia, con una exagerada autoconfianza que lo lleva a despreciar a todas las personas y a actuar en contra del sentido común.
Y entramos en el análisis psicopático de la Vice Presidente…
La expresidenta Cristina Fernández, junto con los expresidentes: Hugo Chávez (Venezuela), Fidel Castro (Cuba) así como George W. Bush (Estados Unidos), Adolfo Hitler, Margaret Tatcher son algunos de los políticos que según David Owen, padecieron el síndrome de Hubris. Otro líder con este síntoma fue Tony Blair, ex primer ministro del Reino Unido, quien en sus memorias admitió haber estado enceguecido por el poder y también haber recurrido al alcohol para aliviar tensiones.

Las enfermedades de los jefes de Estado no son un asunto personal sino todo lo contrario. Influyen en la toma de decisiones y cambian el curso de la vida de millones de ciudadanos. También a través de la historia sabemos de casos de alcoholismo, como los de Winston Churchill y Boris Yeltsin; o el ocultamiento de enfermedades, como hicieron el Sha de Persia o François Miterrand, con su leucemia y su cáncer de próstata respectivos. Todo ocultamiento sobre todo en lo que a la salud respecta es de índole pública.

“Es un desorden de la personalidad que caracteriza al gobernante que cae en un estado de aislamiento, presenta déficit de atención y se niega a seguir los consejos de sus asesores”, explica Owen.

En la actualidad surgen preguntas por reiterativos comportamientos del presidente Alberto Fernández que no solo padece del síndrome de Hubris sino que tiene una preocupante adicción al alcohol. Según fuentes muy cercanas al actual gobierno que no confían en Fernández por su “flexibilidad política”, cuentan que siempre recurre al alcohol para aliviar tensiones y tomar decisiones.

Esto no solo agrava la situación por la mala gestión de este Gobierno sino que suma un componente preocupante porque quien encabeza la conducción de un país, no solo debe contar con el apoyo de su entorno sino que debe tener lucidez para la toma de decisiones, debe contar con un gran equilibrio físico, mental y emocional para no equivocar el rumbo de un país.

Tras las PASO, y las elecciones 2021 el gobierno demuestra cómo pierde mayor parte de los votos perdidos desde 2019, producto de la crisis económica, la pandemia y un desánimo general hacia la clase política. Está en juego el control del Congreso, hoy en manos del peronismo.

Y hoy tanto el Peronismo como el Kirchnerismo

Pero en vez de unirse continúan las peleas. Enojados tomaron malas decisiones: como designar a Aníbal Fernández como ministro de Seguridad, un político con denuncias penales cuyo trabajo será volver realidad lo que el kirchnerismo quiere vender como verdad. Como dijo el 26 de julio de 2006 que “la inseguridad es una sensación”.

“Mi preocupación no está en cambiar la cabeza del hombre que siente la sensación o la mujer que siente la sensación, en la calle, con una palabra; yo no soy quién para curar de palabra. Yo sé que la sensación está porque no vivo dentro de un Tupperware”, dijo en 2006 refiriéndose a la inseguridad.

El kirchnerismo lejos de curarse del síndrome de Hubris, no renuevan su imagen sino que nuevamente apuestan a una vieja receta de dádivas, de la mano de funcionarios desgastados y controvertidos como Juan Manzur, actual jefe de gabinete. Uno de los funcionarios que más se enriqueció durante la gestión kirchnerista, quien hace poco dijo “que Dios nos ayude” y aumentó de 130 a 300 millones de pesos los fondos mensuales para que el gobierno de Tucumán, antes de las elecciones, distribuya subsidios. Cuando no es Dios quien debe ayudar sino que es una gestión profesional lo que se necesita para “la reconstrucción” del país.

Y mientras la Argentina no cambie de pensar seguirá en este laberinto.