Karin Silvina Hiebaum – International Press

Responsables del temor? Medios y sentimiento de inseguridad en América Latina

Tanto desde los gobiernos como desde la sociedad, se acusa a los medios de comunicación de incidir en el incremento del sentimiento de inseguridad en varios países de la región. Los estudios, por su parte, nos muestran que los medios impactan en el temor, pero no de modo homogéneo en toda la población, ni todos los géneros lo hacen de igual modo; en paralelo, el panorama mediático está cambiando velozmente. En este contexto, retomar los ejes del debate sobre la recepción de los relatos mediáticos sobre la inseguridad a partir de estudios de países anglosajones y latinoamericanos puede ayudar a cuestionar mitos, considerar realidades y matices y, de ese modo, contribuir a la necesaria discusión sobre el rol de los medios.

¿Responsables del temor? Medios y sentimiento de inseguridad en América Latina
Introducción

El sentimiento de inseguridad está extendido en toda América Latina y el Caribe. Desde hace al menos una década, se ubica como la primera o segunda preocupación en todos los países, a pesar de que existen entre ellos enormes diferencias en las tasas de homicidio y de otros delitos. Un elemento común es que los medios de comunicación –específicamente, la televisión– son señalados como uno de los responsables de la creciente inquietud. Se sostiene que exageran en la enunciación de las noticias policiales, que tienen intereses o intenciones en generar miedo, que son sensacionalistas.

Es cierto que en los últimos diez años hubo un aumento (en cantidad y espacio) de la representación mediática del delito, tanto en los medios gráficos como audiovisuales. El crecimiento cuantitativo fue acompañado por una transición cualitativa; la noticia policial tradicional se ha convertido en «noticia de inseguridad» y adquiere nuevas características: generalización («todos estamos en riesgo siempre y en cualquier lado»), fragmentación (un relato episódico de cada hecho, sin el contexto ni las causas generales), una creciente centralidad en las víctimas –frente a la cual el debate sobre la criminalidad adquiere una fuerte emocionalidad–, una figura que se repite como objeto de temor –el delincuente joven, varón y pobre– y la apelación a «olas o modas delictivas» (un tipo de delito que parece en cada momento ser el más frecuente; en general, cuando se confronta con los datos objetivos, no suele haber variado mucho en su ocurrencia, por lo cual el objetivo parece ser generar impacto en la audiencia en tanto «novedad»). En los periódicos, estas noticias han abandonado su lugar tradicional en la sección policial y se expanden a todas las restantes secciones, en particular a las páginas políticas o a las de sociedad. Este cambio en el sistema de representación del delito retroalimenta la intensa sensibilidad social frente al tema.

Pero más allá de las acusaciones generales, no sabemos a ciencia cierta de qué modo y sobre quiénes influyen los medios. Más aún, hay evidencias de que una mayor cantidad de noticias de inseguridad puede generar aburrimiento en lugar de miedo, y de que la audiencia sigue los casos policiales como si fueran una ficción dramática, o al menos, que las fronteras entre ficción y no ficción se desdibujan y se conforma un género híbrido, el «infoentretenimiento». Elucidar el efecto de la televisión en las personas no es tarea simple: a pesar de ello, en los últimos años ha crecido el interés por el campo, en particular en los países anglosajones y en menor medida en nuestra región. A la luz de las investigaciones existentes, se pone en cuestión que las noticias de inseguridad generen solo temor en todos los casos.

En la bibliografía anglosajona hay distintos ejes de discusión. Se compara el impacto de las noticias policiales nacionales contra las locales, las variaciones en relación con su frecuencia y la atención de la audiencia. Se discuten asimismo los distintos efectos en relación con el soporte (gráfico, audiovisual o digital) y los géneros televisivos que tratan el crimen (series de ficción, noticieros, reality shows de policías). Las experiencias previas cuentan: no es el mismo el impacto de una noticia en quienes tuvieron alguna experiencia con el delito que entre quienes no la tuvieron. La habitual falta de «cierre» de los casos importa: una noticia dura un breve lapso, pero su eventual esclarecimiento y procesamiento judicial tienen un tiempo más largo, por lo cual, cuando esto sucede, ya ha dejado de ser noticia y la misma opinión pública conmovida por el caso no llega a darse por enterada. La falta de cierre de los casos incide en la sensación de que nada o casi nada se esclarece y de que la mayoría de los delitos quedan impunes.

En América Latina, la situación es particular por la conjunción de dos procesos: uno propio, las altas tasas de delito, y otro global, los cambios en el lugar y la materialidad de los medios de comunicación. Así, la preocupación por la inseguridad es más relevante que en los países centrales, y la experiencia con el delito, más cercana y más frecuente. Esto gravita en que el nivel de cuestionamiento a los medios de parte de los gobiernos y de los especialistas por su impacto en el temor sea mayor, a lo que se suma que las representaciones tienden a ser realmente sensacionalistas, conservadoras y en algunas naciones y medios, lisa y llanamente macabras. Amén de lo anterior, se agrega en ciertos países la polarización entre medios oficialistas y opositores: allí la información sobre inseguridad entra dentro de las controversias y los cuestionamientos sobre los modos de informar. Por ese motivo, sin extrapolar los resultados de los estudios anglosajones a nuestra región, los tomaremos como punto de partida y los relacionaremos con los estudios latinoamericanos. El objetivo no es reafirmar ni negar el impacto de los medios, sino plantear cinco ejes de debate que contribuyan a justipreciar su incidencia actual en el sentimiento de inseguridad.

Los medios mutaron velozmente: aún no conocemos el impacto del nuevo paradigma tecnológico

En los últimos diez años, los cambios en los medios han sido tan vertiginosos que las investigaciones académicas y de mercado sobre el tema han quedado rezagadas frente a la velocidad del fenómeno. El resultado es que sabemos poco del impacto del actual panorama, caracterizado por la pérdida de una agenda común entre medios y público debido a la multiplicación de la oferta, a audiencias multitasking –esto es, que están expuestas a una variedad de medios al mismo tiempo–, periódicos que dejaron de ser portadores de primicias pero reforzaron su lugar como formadores de opinión, y una televisión más segmentada entre públicos diferentes. A esto se suma el crecimiento de los medios virtuales, con noticias que cambian minuto a minuto en los portales, lo que lleva a un consumo de la información más ecléctico y veloz. Estamos, sin dudas, ante un nuevo consumidor multimediático, receptor de diferentes medios por un lado, y a la vez productor de información que circula por los dispositivos tecnológicos y que disputa con el periodismo profesional su tradicional monopolio de la veracidad sobre los hechos.

A pesar de los cambios, o quizás como consecuencia de ellos, el consumo y la credibilidad de los medios de comunicación son muy fuertes en la región. Los habitantes prestan mucha atención a las noticias. Entre los que leen y miran más noticias se encuentran Uruguay (81,3%), Panamá (79%), Jamaica (78,5%) y Costa Rica (78,5%). Los siguen, entre otros, Chile y Perú (72,4%), Argentina (61,6%), México (55,4%), y Brasil (53,6%). Las personas que tienen mayor nivel de educación, las que viven en áreas urbanas, los hombres y quienes están más interesados en la política consumen más noticias. Por el contrario, los de menores recursos económicos o aquellos que viven en áreas rurales suelen estar menos interesados1.

Otro informe del mismo centro relevó el nivel de confianza y credibilidad que los ciudadanos otorgan a los medios de comunicación. Entre los que más confían están los entrevistados de Brasil (69,9%), Uruguay (69,1 %), Chile (66%) y Costa Rica (65,7%). Por otro lado, los de Perú (55,1%) Bolivia (55,3%) y Argentina (53,6%) se ubican entre los más escépticos, aunque el promedio de confianza es alto en toda la región y los medios se ubican entre las instituciones que concitan más aprobación en un subcontinente escéptico hacia sus instituciones2. Es decir, a pesar de que los medios están en el centro del debate, perdura una importante confianza en ellos. Es probable que la multiplicación de la oferta también permita que cada quien confíe en un grupo de medios específico y no en el resto. A su vez, sigue aumentando el consumo sucesivo o paralelo de distintos medios, por lo cual ya no se trata de ver el efecto de cada uno en particular, sino que ahora se trata de poder captar el impacto en su conjunto. Este panorama mediático y de los públicos, diferente del de hace apenas una década, genera un consenso de duda sobre los postulados previos respecto del efecto de los medios y sugiere la necesidad de indagar en este horizonte cambiante.

Los contextos personales y sociales inciden en el impacto y la credibilidad de las noticias

Las investigaciones pioneras en estudios de audiencias mostraban en la década de 1940 que era un error suponer que los medios de comunicación provocaban efectos homogéneos en todos los públicos. Hoy son los mismos públicos los primeros en negar ese impacto: en general, a medida que se asciende en la estructura social, hay una mayor tendencia a afirmar que los medios no influyen sobre uno, aunque sí en otros, reivindicando para uno mismo una identidad de formador autónomo de la propia opinión. En la decodificación de las noticias criminales, cobra fuerza el contexto personal y social a la hora de ejercer valoraciones frente a las narrativas mediáticas. Así lo ilustra el trabajo de Luanda Schramm en una etnografía de audiencias jóvenes sobre el caso del «Indio Galdino», un líder indígena que fue quemado vivo por cinco jóvenes de clase media alta en las calles de Brasilia3. El grado de cercanía y familiaridad o distancia de las audiencias con la víctima y los victimarios resultó determinante: los adolescentes que mantenían identificación de clase con los jóvenes acusados por el asesinato se mostraban afectados de un modo particular e intentaban defender a los imputados porque actuaron «por presión del grupo». Para otros, la distancia que los separaba de los asesinos era más significativa y se promovía una identificación con la víctima.

Ahora bien, ¿qué sucede con la recepción de noticias de inseguridad en contextos barriales que presentan altos índices delictivos? Investigadores de Costa Rica realizaron grupos focales en La Carpio, un barrio de la capital señalado por los medios como foco del delito4. Para la mayoría, la estigmatización mediática se traducía en un sentimiento de vergüenza y los habitantes del barrio tendían a autopercibirse desde las categorías que los medios y otras instituciones habían generado sobre ellos. A su vez, algunos sujetos entendían que el interés de los medios por la criminalidad estaba vinculado a la posibilidad de «aumentar el rating», y el principal sentimiento que provocaban estas emisiones no era temor por la inseguridad, sino «dolor por los hechos de violencia que ocurren en el barrio y que son amplificados por los medios». También en un barrio altamente estigmatizado por los medios en la periferia de Buenos Aires5 encontramos, siguiendo la tipología de Annette Hastings6, tres formas de responder a la imagen brindada por estos: un discurso patológico, uno normalizador y otro desafiante. Quienes adherían al primero concordaban con las imágenes externas respecto de que se trataba de un lugar peligroso. En el segundo, el mayoritario y en discordancia con las imágenes externas, el argumento central era que allí pasaba lo mismo que en todas partes: se producían hechos de inseguridad pero no más que en otros lugares, y por culpa de la denigración mediática, «por una minoría de delincuentes pagamos el 90% de gente trabajadora». Por último, existía un discurso desafiante, menos extendido que los otros dos, en general en personas con mayor interés o participación política o social, que cuestionaba el estigma y pugnaba en distintos espacios públicos y medios alternativos por sustituirlo por imágenes positivas del barrio. Por lo tanto, como se observa en este caso, los individuos no reciben de forma pasiva los discursos negativos sobre sus espacios, sino que confrontan con ellos y producen sus propias reelaboraciones.

Por otro lado, la cercanía con el lugar donde sucede el delito es una variable significativa. Los estudios anglosajones encuentran que el realismo de las imágenes y la proximidad funcionan como rasgos influenciables, tanto como el hecho de vivir en barrios con altos índices de delitos violentos7. Los medios inciden en las percepciones de la seguridad siempre que exista una consonancia intersubjetiva, es decir, algún tipo de confirmación entre la información que se recibe de la televisión y lo que se percibe en la vida cotidiana. En síntesis, la clase social, la propia reflexividad como consumidor de noticias, las identificaciones de clase y de edad y la consonancia subjetiva entre las noticias y la percepción de la realidad circundante inciden en las variadas formas de recepción de los medios.

La percepción de seguridad en el país es peor que en el lugar de residencia: ¿cómo inciden los medios?

El Latinobarómetro muestra que en todos los Estados la percepción de inseguridad en el país es mucho mayor que la percepción de inseguridad en el propio barrio o comuna de residencia. Un análisis diacrónico arroja que el porcentaje de población que considera que la delincuencia aumentó en el país se mantiene en niveles casi constantes en los últimos diez años: en 1995 lo pensaba 80%, en 2001 el guarismo llega a 93%, y luego desciende de manera paulatina hasta 83% en 2011. Paradójicamente, los datos muestran que, en promedio, ese año, 64% de los latinoamericanos admitió que se sentía «muy seguro» y «medianamente seguro» en su barrio. Es decir, la percepción de un aumento general del delito coincide con una sensación de relativo aseguro local. Es en este punto donde debe reflexionarse sobre el impacto de los medios para explicar esta discordancia. Algunos ejemplos: al explorar la relación entre los consumidores de noticias delictivas en televisión y la valoración de la seguridad del país en Costa Rica, se encontraba una asociación consistente entre ambas variables8: 78,3% de los que miraban noticieros consideró que el país era «nada o poco seguro», mientras que este porcentaje disminuía frente a la percepción local. Mientras tanto, 66,7% de quienes no se informaban por televisión valoraba el país como «nada o poco seguro». En Colombia, Jorge Bonilla Vélez y Omar Rincón estudiaron el impacto de las noticias policiales en jóvenes9. Por un lado, los adolescentes aseguraban que la violencia que veían en las noticias «no les parecía lejana» y que era un reflejo de su país. Pero cuando se indagó sobre la seguridad en el propio barrio, la mayoría afirmó que no identificaba la cotidianeidad del barrio con lo que mostraban los noticieros. Cabe agregar una particularidad de la región, centrada en que la cuestión de la inseguridad no es exclusividad de las grandes metrópolis y se ha extendido a ciudades intermedias y pequeñas; por ende, las noticias nacionales difunden también lo que sucede en otros lugares del país u otros barrios. Más allá de que se perciba o no que es así en el presente en el lugar donde se viva, un juicio creciente es que en el futuro la situación va a empeorar, al extenderse la inseguridad. Así, un postulado de los estudios anglosajones de los años 90 parece no cumplirse en nuestra región. «Sentirse seguro por comparación» es el título de un artículo de Allen Liska y William Baccaglini10 sobre el impacto local de las noticias sobre delitos en los medios nacionales en Estados Unidos. El estudio demostraba que cuanto mayor era la diferencia entre las características del lugar donde se había producido el delito y el propio, más se reforzaba el sentimiento local de reaseguro. Algo distinto observamos en un pequeño pueblo absolutamente tranquilo a 500 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires11. Allí la influencia central eran la televisión y la presentación diaria en los noticieros nacionales del «saldo de inseguridad» de la jornada, centrado en Buenos Aires. Esto se yuxtaponía a las noticias y los rumores sobre hechos acaecidos en las ciudades intermedias cercanas. En torno de la recurrente imagen mediática de la «ola de inseguridad», se generaba inquietud por el probable desplazamiento de esa ola hasta el tranquilo pueblo –temiendo que la policía corriera a los delincuentes y que estos se fueran al interior buscando «nuevos lugares donde la gente no esté tan precavida»– o porque primaba la idea de un «contagio», una suerte de evolucionismo degradatorio desde los centros urbanos mayores hacia los más pequeños. Es decir, se afirmaba la seguridad objetiva del lugar, pero la inseguridad subjetiva ya se había instalado.

Es preciso entonces analizar el impacto de los medios en ciudades grandes, intermedias y pequeñas, porque posiblemente esté mostrando una influencia importante en la imagen generalizada de países peligrosos.

No todos los géneros ni encuadres inciden de la misma forma

No todos los géneros televisivos impactan igual. Ciertas investigaciones señalan que las series de ficción inciden en las percepciones sobre la gestión de la inseguridad más que los noticieros, ya que la audiencia incorpora por imitación medidas preventivas frente a ciertas situaciones (como casos de ataque sexual en la vía pública o un robo a mano armada) de las representaciones ficcionalizadas12. Otros reservan un rol importante a los reality shows de policías tanto en la consolidación de una imagen estereotipada del criminal como en la configuración del sentimiento de inseguridad13. Entre los contados trabajos de nuestra región sobre el tema, encontramos el estudio de Célia Polesel en Brasil, que observó la interpretación de una familia sobre un reality show policial14. En términos generales, los sujetos que se identificaban con las víctimas realizaban una doble operación de sentido: por un lado, repudiaban el grado de violencia de los casos, pero a la vez, manifestaban un deseo de venganza que alcanzaba incluso la posibilidad de hacer justicia por mano propia, «con tal de que el delincuente sea efectivamente punido». Pero el desacuerdo de la familia crecía cuando en las imágenes del reality estaba involucrado algún vecino o el barrio era señalado como «peligroso»; mientras que cuando los crímenes sucedían en otras localidades, incluso cercanas, los cuestionamientos sobre lo que mostraba el reality show eran prácticamente inexistentes.

Estudios de los países centrales muestran también que el encuadramiento, es decir, la forma en que se presenta una noticia, influye en su decodificación; se trata de lo que se conoce como estudios de framing. En relación con la inseguridad, el impacto se vincula con la contextualización o falta de contextualización de la noticia, la relevancia del tema de la juventud, la droga o el crimen organizado, y distintos elementos del encuadre que inciden en la generación de temor, crítica o xenofobia en el público. Una misma noticia, con un encuadre diferente, tendrá un impacto más vinculado, por ejemplo, a atribuir el delito a problemas sociales, o a la droga, o a culpar a grupos que resulten estigmatizados por esos mismos encuadres.

Una función pedagógica ¿positiva o negativa?

Además del temor, hay un uso social o pedagógico de las noticias de inseguridad, tal como evidenciamos en un trabajo de recepción de este tipo de información. En un estudio que realizamos en Buenos Aires, los porteños reconocían consumir noticias policiales para estar prevenidos frente al avance de la inseguridad, para conocer sobre las nuevas modalidades del delito, así como para incorporar nuevos dispositivos de prevención que les permitían definir estrategias de supervivencia cotidiana15. De este modo, la información sobre las zonas seguras y las inseguras que brindaban los noticieros funcionaba como una «brújula» que servía como orientación para la vida diaria. También para los entrevistados de una investigación colombiana, las noticias les permitían enterarse sobre el accionar de la guerrilla y les brindaban pautas de protección, al alertar a la comunidad sobre los lugares peligros donde podía existir alguna situación de violencia16.

Sin embargo, esta dimensión pedagógica también puede adquirir un matiz negativo. Los públicos indagados por Lucía Dammert, Rodrigo Karmy y Liliana Manzano en Chile consideraron que las noticias policiales cumplían una función pedagógica negativa17: a partir de la sobrerrepresentación de actos violentos –los noticieros muestran la forma en que se cometen las transgresiones– y la impunidad de estos casos, se contribuía a difundir las conductas delictuales sin aportar soluciones al problema. También destacaron el lugar prioritario que le otorgan al delincuente en los noticieros, como un actor principal, e incluso «víctima de las circunstancias». En síntesis, a partir de estas y otras investigaciones, se puede cuestionar un rol meramente adverso en la representación mediática del delito y establecer otras relaciones que los sujetos-audiencia establecen en el consumo diario de estas emisiones.

¿Qué podemos concluir? ¿Qué podemos hacer?

Las noticias de inseguridad han llegado para quedarse y son beneficiarias del gran crecimiento de nuevas formas de registro, de canales de televisión que transmiten noticias todo el día y precisan material para ocupar sus horas; los delitos son, lamentablemente, un material por demás disponible en nuestra región. Las referencias al crimen se expanden a todos los medios, secciones y programas, y crece la atención que les otorgan los sujetos. Al mismo tiempo, sabemos que nada bueno sucede cuando el temor se expande. El incremento de la sensación de inseguridad afecta la calidad de vida, favorece el apoyo a las políticas más punitivas, contribuye a la deslegitimación de la justicia penal, promueve el consenso en torno de las acciones «por mano propia» y la difusión del armamentismo, restringe las actividades y la movilidad e incrementa la distancia social entre las clases.

En ese contexto, es importante plantearse el temor como un problema social y político con una autonomía relativa frente al delito y sus políticas. En efecto, el sentimiento de inseguridad es un problema en nuestra región, además del delito mismo, y los medios tienen un lugar en él: no son responsables de todo, claro está, pero tampoco ocupan un lugar neutro. Los medios inciden, pero con tasas de delito altas y sin confianza en las instituciones como la justicia y la policía, el temor seguirá siendo alto. Una pregunta que queda planteada es si es posible generar un cambio que promueva nuevas relaciones entre el consumo de medios y el temor al delito. Un primer objetivo sería complejizar la agenda de la seguridad, para evitar que esté centrada siempre en los delitos de los más pobres, sobre todo si son jóvenes. Para ello, tematizar los delitos de los poderosos, los medioambientales, la evasión impositiva de las empresas, entre otros y, en otro registro, la seguridad vial, ayudará a una agenda más compleja y que, por ende, atenúe en parte los efectos socialmente más adversos. Por supuesto que sería deseable lograr sustituir el lenguaje actual en torno de la «seguridad» por otras nociones, como la de «seguridad humana», que incluyen una mirada integral en lugar de una concepción de seguridad asociada al delito, pero no ha sido hasta ahora fácil generar consensos en torno de su adopción.

Es también importante priorizar el lugar de los datos, algo que sin dudas tendría algún impacto en el encuadramiento de este tipo de noticias. De este modo, por ejemplo, se podría atenuar el efecto de temor de las supuestas «olas» de determinados delitos con información que muestre que dicho aumento no se produjo. También se debería tratar de que se presenten los cierres de los casos, para disminuir la sensación de impunidad. Es primordial deconstruir los relatos en términos de «guerra contra el delito», enfoque que no hace sino legitimar y retroalimentar las posturas más punitivas y belicosas en la población. Por otro lado, como sabemos, los periodistas son actores esenciales en este proceso, y a la vez están atravesados por múltiples condicionamientos, tales como su propia formación y la ideología de la empresa en la que desempeñan su labor; entonces, ¿es posible pensar en formas de intervención en su formación? ¿Y en códigos de estilo y tratamiento de noticias? Ha habido intentos en la región en tales direcciones, pero han corrido distinta suerte y generado controversias aún no resueltas.

Como el debate con los medios está muy sensible, esto debe ser visto como un consenso y una reflexión sobre su lugar en la construcción de la realidad y el impacto en la calidad de vida, no como una forma de intentar regular sus contenidos. El tema está instalado. Es agenda en todos los países, lo hemos dicho, tanto en los que tienen tasas altas de criminalidad como también donde estas son bajas, porque ambas conviven con altos índices de temor al delito. De la mano de esta coyuntura, los espacios mediáticos nacionales están interconectados en tiempo real y se emiten constantemente noticias de inseguridad sobre lo que sucede en otros sitios. Por eso, los gobiernos interesados en disminuir el temor no deben sobredimensionar el rol de los medios ni tampoco subestimarlo y pensar que estos no influyen. Es poco realista acusar a los medios de ser culpables de la inseguridad, y también lo es evitar un diálogo necesario sobre su lugar en la construcción de la realidad social. Pero este debate aún es una tarea pendiente en nuestra región.

1. Arturo Maldonado: «¿Quiénes consumen noticias en los medios en América Latina y el Caribe?», Perspectivas desde el Barómetro de las Américas: 2011 No 70, The Latin American Public Opinion Project (lapop), 2011.
2. Matthew Layton: «¿Quién confía en los medios masivos de comunicación en América Latina?», Perspectivas desde el Barómetro de las Américas: 2012 No 74, lapop, 2012.
3. Luanda Schramm: «A televisão e as múltiplas vozes dos adolescentes. Um estudo de recepção sobre o assassinato do índio Galdino», tesis de maestría en Comunicación, Universidad Federal Fluminense, Niterói, 2003.
4. Karina Fonseca Vindas y Carlos Sandoval García: Medios de comunicación e (in)seguridad ciudadana en Costa Rica, Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, San José de Costa Rica, 2006.
5. G. Kessler: «Las consecuencias de la estigmatización territorial. Reflexiones a partir de un caso paradigmático» en Espacios en Blanco No 22, 2012, pp. 165-197.
6. A. Hastings: «Stigma and Social Housing Estates: Beyond Pathological Explanations» en Journal of Housing and the Built Environment No 19, 2004, pp. 233-254.
7. Ted Chiricos, Kathy Padgett y Marc Gertz: «Fear, tv News and the Reality of Crime» en American Society of Criminology vol. 38 No 3, 2000, pp 755-786. V. tb. Ronald Weitzer y Charis Kubrin: «Breaking News: How Local tv News and Real-World Conditions Affect Fear of Crime» en Justice Quarterly vol. 21 No 3, 9/2004, pp 497-520.
8. K. Fonseca Vindas y C. Sandoval García: ob. cit.
9. J. Bonilla Vélez y O. Rincón: «Violencias en pantalla: televisión, jóvenes y violencias» en Diálogos de la Comunicación No 53, 1999, pp. 36-49.
10. A. Liska y W. Baccaglini: «Feeling Safe by Comparison: Crime in the Newspapers» en Social Problems vol. 37 No 3, 8/1990, pp. 360-374.
11. G. Kessler: El sentimiento de inseguridad. Sociología del temor al delito, Siglo xxi, Buenos Aires, 2009.
12. L.J. Shrum: «Media Consumption and Perceptions of Social Reality: Effects and Underlying Processes» en Jennings Bryant y Mary Beth Oliver (eds.): Media Effects: Advances in Theory and Research, Routledge, Nueva York, 2009. V. tb. Kathleen Custers y Jan Van den Bulck: «Mediators of the Association between Television Viewing and Fear of Crime: Perceived Personal Risk and Perceived Ability to Cope» en Poetics vol. 39 No 2, 2011, pp 107-124.
13. Lance Holbert, Dhavan Shah y Nojin Kwak: «Crime-Related tv Viewing and Endorsements of Capital Punishment and Gun Ownership» en Journalism & Mass Communication Quartely vol. 81 No 2, 2004, pp. 343-336.
14. C. Polesel: «Tempo quente: produção e recepção da violencia», tesis de maestría en Comunicación, Universidade Estadual Paulista, San Pablo, 2008.
15. Brenda M. Focás: «Sentimiento de inseguridad y delito urbano. En busca del rol de los medios de comunicación», tesis de maestría en Comunicación y Cultura, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires, 2013.
16. Luis Fernando Barón y Mónica Valencia: «Medios, audiencias y conflicto armado. Representaciones sociales en comunidades de interpretación y medios informativos» en Controversia No 178, 5/2001, pp. 43-81.
17. L. Dammert, R. Karmy y L. Manzano: Ciudadanía, espacio público y temor en Chile, Centro de Estudios de Seguridad Ciudadana (cesc), Santiago de Chile, 2003.