EvangelioSolidario

En un reciente discurso, el presidente Milei se aventuró a interpretar la Palabra de Dios para justificar un modelo de mercado capitalista voraz, pero su interpretación dista mucho del mensaje real que transmiten las Escrituras. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento están impregnados de enseñanzas que promueven la construcción de comunidades solidarias y el cuidado del prójimo, no la explotación del débil por parte del fuerte.

El libro de Levítico nos recuerda que la tierra pertenece a Dios, y que su posesión es temporal y debe ser administrada de manera justa. Este principio fundamental desafía la lógica del acaparamiento y la avaricia que caracteriza a un sistema capitalista desmedido. La invitación a administrar la tierra con equidad es un llamado a la responsabilidad colectiva, donde el bienestar de todos es prioritario.

En el Nuevo Testamento, el mensaje de Juan el Bautista resuena con claridad: “El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo”. Este llamado a la generosidad y a la solidaridad es un principio fundamental del Evangelio, que se opone a la lógica del individualismo y la acumulación. La parábola de los obreros de la undécima hora refuerza esta idea, rompiendo con la meritocracia extrema y recordándonos que la gracia y la justicia no se distribuyen según el esfuerzo, sino que son un regalo que se debe compartir.

La respuesta del hacendado en la parábola, que pregunta si no es lícito hacer con lo suyo lo que quiere, es un recordatorio de que la verdadera riqueza no se mide en posesiones materiales, sino en la capacidad de amar y servir a los demás. La tentación de poner “el ojo malo” sobre aquellos que hacen el bien es un peligro que debemos evitar, especialmente cuando se trata de quienes luchan por un mundo más justo.

Milei, al citar el pasaje en el que Jesús es tentado por el diablo, confunde los “reinos de la tierra” con un sistema de poder político y económico. Esta interpretación errónea revela un enfoque pagano que prioriza el Estado y el poder sobre la verdadera esencia del mensaje de Jesús: la salvación de las almas y el amor al prójimo. Al afirmar que “mi reino no es de este mundo”, Jesús nos recuerda que la verdadera lucha no es por el dominio político, sino por la dignidad y el bienestar de cada ser humano.

El Evangelio nos ofrece una visión de justicia social que nace del amor, la fe y la esperanza. Este amor nos impulsa a construir un futuro donde todos podamos desarrollarnos en felicidad, en lugar de perpetuar un sistema que favorece a unos pocos a expensas de muchos. Es hora de rechazar la falacia del capitalismo voraz y abrazar el verdadero mensaje del Evangelio: un llamado a la solidaridad y a la justicia para todos.