8 de diciembre: La Inmaculada Concepción

Un llamado a redescubrir la gracia**

Cada 8 de diciembre, la Iglesia católica se reviste de alegría para celebrar un misterio luminoso: la Inmaculada Concepción de la Virgen María. No celebramos aquí la concepción virginal de Jesús —que corresponde a la Anunciación—, sino algo que Dios obró en María desde el primer instante de su existencia: haber sido preservada del pecado original.

Esta solemnidad nos recuerda una verdad profunda y, a veces, olvidada: Dios nos salva no sólo perdonando, sino también preparando, cuidando y anticipándose con amor. En María, la obra de Dios se manifiesta como un proyecto de gracia que precede todo mérito humano.

María, la llena de gracia

Cuando el ángel se presenta ante María, no la llama por su nombre propio. Le dice: “Alégrate, llena de gracia”. Ese título revela quién es ella a los ojos de Dios: un corazón que nunca estuvo separado de Él, una vida que nació envuelta en su ternura salvadora.

La Iglesia reconoce en la Inmaculada Concepción el comienzo de una historia nueva para la humanidad. En María contemplamos nuestra vocación más profunda: ser criaturas hechas para la gracia, no para el pecado.

Una gracia que también es para nosotros

Puede parecer que este privilegio hace a María lejana, casi inalcanzable. Pero es lo contrario. En Ella vemos la intención original de Dios para todo ser humano:
vivir libre del egoísmo, del miedo, de la ruptura interior.

Dios no quiere simplemente “tolerarnos”; quiere sanarnos, restaurarnos, hacernos nuevos.

En María se anticipa lo que Dios desea realizar en nosotros mediante Jesús. Ella es el primer fruto de la salvación, no por sí misma, sino por haber sido elegida para que el Salvador entrara al mundo. Su privilegio no la pone lejos: la convierte en hermana, madre, compañera y modelo.

Aprender a decir «sí» desde la humildad

Celebrar la Inmaculada es más que venerar un misterio; es permitir que el corazón vuelva a preguntarse:

  • ¿Creo de verdad que Dios puede hacer cosas nuevas en mí?
  • ¿Dejo que su gracia toque mis zonas heridas?
  • ¿Le permito actuar, o sigo apoyándome solo en mis fuerzas?

La pureza de María no es perfeccionismo, sino apertura absoluta a la voluntad de Dios. Su “hágase” es la entrega confiada de quien se sabe amado plenamente.

Una fiesta de esperanza

En un mundo que a menudo nos convence de que no podemos cambiar, de que la humanidad está marcada por el fracaso, la Iglesia proclama este dogma para recordarnos:

Dios sigue apostando por nosotros.
La gracia es más fuerte que el pecado.
La luz es más poderosa que la oscuridad.

María, la Inmaculada, no es una excepción que nos distancia, sino un anuncio que nos anima:
la historia humana está destinada a la santidad, no al desastre.

Oración final

María Inmaculada, Madre nuestra,
que viviste desde siempre en la luz de Dios,
enséñanos a creer en la gracia que nos transforma.
Ayúdanos a decir «sí» como tú,
y a dejarnos tocar por la misericordia de tu Hijo.
Que tu pureza inspire nuestros pasos
y tu confianza nos acerque cada día más a Cristo.
Amén.