
Hablar de política en Argentina rara vez es un acto neutral. Las conversaciones suelen cargarse de emoción, convicción y, en muchos casos, de enfrentamientos casi viscerales. Para quienes observan desde afuera —y también para muchos dentro del país— surge una pregunta recurrente: ¿por qué la política argentina se vive de forma tan apasionada, a veces incluso extrema?
La respuesta no es simple ni única. La intensidad política argentina es el resultado de una combinación de historia, cultura, crisis recurrentes y formas particulares de construcción de identidad colectiva.
Una historia que no quedó atrás
Argentina no solo estudia su historia política: la arrastra. Golpes de Estado, dictaduras, exilios, crisis económicas profundas y cambios bruscos de modelo dejaron marcas que aún condicionan el presente. Estas experiencias generaron memorias colectivas muy fuertes, donde la política no es solo gestión, sino supervivencia, justicia o reparación.
Cuando el pasado duele, las posturas tienden a endurecerse. Para muchos ciudadanos, ciertas ideas no son “opinables”, sino morales, lo que dificulta cualquier punto intermedio.
La política como identidad personal
En Argentina, la política suele ser parte de la identidad. No es solo una preferencia electoral, sino una forma de definirse: quién soy, de dónde vengo y qué valores defiendo. Esto explica por qué muchas discusiones políticas se viven como ataques personales y no como intercambios de ideas.
Este fenómeno se refuerza con la lógica de bandos: estar “de un lado” implica rechazar automáticamente al otro, incluso antes de escuchar argumentos.
Pasión cultural y lógica de rivalidad
La cultura argentina es intensa en muchos planos: el fútbol, la amistad, la familia, las discusiones cotidianas. Esa misma pasión se traslada a la política. El problema aparece cuando la lógica de la rivalidad deportiva —ganar o perder, amigos o enemigos— reemplaza al debate democrático.
Cuando la política se convierte en una competencia emocional, la razón queda en segundo plano.
Crisis económicas y promesas salvadoras
La inestabilidad económica constante genera enojo, frustración y cansancio social. En ese contexto, los discursos extremos ganan terreno porque ofrecen certezas simples frente a problemas complejos. Las promesas tajantes suelen resultar más atractivas que las soluciones graduales.
Así, el extremismo no siempre nace del fanatismo, sino del hartazgo.
Medios, redes y la amplificación del conflicto
Los medios de comunicación y, sobre todo, las redes sociales intensifican la polarización. El contenido más confrontativo es el que más circula, y los algoritmos refuerzan las propias creencias. Esto crea burbujas donde el otro no es solo distinto, sino peligroso o ignorante.
El resultado es un clima permanente de confrontación que dificulta la escucha y el matiz.
Desconfianza en las instituciones
Cuando las instituciones pierden credibilidad, las posiciones se radicalizan. La sensación de que “nadie representa a nadie” empuja a muchos ciudadanos a adoptar posturas más duras como forma de protesta o defensa. La moderación, en ese contexto, se percibe como debilidad o complicidad.
Reflexión final: pasión sin fanatismo
La pasión política no es, en sí misma, un problema. De hecho, es una señal de compromiso ciudadano. El desafío está en evitar que esa pasión se transforme en fanatismo, donde el diálogo desaparece y el adversario se convierte en enemigo.
Argentina necesita menos certezas absolutas y más preguntas compartidas. Menos gritos y más escucha. Porque solo cuando la política deja de ser una guerra emocional puede volver a ser una herramienta de construcción colectiva.
Mag. Karin Silvina Hiebaum


