
La palabra “pero” parece inofensiva. La usamos a diario, casi sin pensar. Sin embargo, en la comunicación —especialmente cuando buscamos diálogo, consenso y convivencia democrática— el “pero” puede convertirse en un pequeño saboteador del entendimiento.
Evitarla no es censura del lenguaje; es una decisión consciente para comunicarnos mejor.
El “pero” invalida lo que viene antes
Cuando decimos:
“Entiendo tu punto, pero…”
El cerebro del interlocutor suele escuchar:
“Lo que dijiste no importa”.
Todo lo anterior al “pero” queda automáticamente anulado. Aunque la intención sea buena, el mensaje emocional que llega es de rechazo, corrección o superioridad.
En contextos sociales, políticos o personales, esto rompe el diálogo y activa la defensa.
El “pero” cierra puertas
El “pero” marca oposición. Divide la conversación en dos bandos: lo que tú dices y lo que yo corrijo. En una sociedad que necesita más puentes y menos muros, este tipo de lenguaje refuerza la polarización.
Cuando abusamos del “pero”, dejamos de construir ideas conjuntas y empezamos a competir por tener razón.
Comunicación humanista: sumar, no contradecir
Una mujer —o una persona— con valores liberales y humanistas entiende que escuchar no es esperar el turno para corregir, sino abrir espacio para comprender.
Sustituir el “pero” por otras expresiones cambia completamente el clima del diálogo:
- “Y además…”
- “Al mismo tiempo…”
- “Desde otro punto de vista…”
- “Lo que también podemos considerar es…”
Estas fórmulas no niegan al otro; amplían la conversación.
El impacto emocional del lenguaje
Las palabras no solo informan: afectan. El “pero” suele generar:
- Sensación de juicio
- Desvalorización
- Tensión innecesaria
En cambio, un lenguaje sin “pero” fomenta:
- Empatía
- Confianza
- Escucha real
En sociedades democráticas, donde convivimos con la diferencia, este detalle lingüístico tiene un impacto enorme.
No se trata de callar, sino de elegir mejor
Evitar el “pero” no significa renunciar a la opinión propia ni aceptar todo sin cuestionar. Significa expresar desacuerdos con respeto, sin anular al otro.
La firmeza no necesita confrontación constante. La inteligencia emocional no necesita imponer.
Conclusión: una palabra, un cambio cultural
Cambiar una sola palabra puede parecer pequeño, pero refleja algo mucho más grande: una actitud. La voluntad de dialogar sin humillar, de disentir sin romper, de construir sin excluir.
En tiempos de ruido y extremos, hablar sin “pero” es un acto silencioso de madurez social.
A veces, el verdadero progreso empieza en cómo elegimos decir las cosas.
MMag. Karin Hiebaum de Bauer


