Milei logra lo que nadie pudo… pero ¿a costa del trabajador?

El presidente de Argentina, Javier Milei, ha conseguido en semanas lo que ningún mandatario en medio siglo había logrado: dar luz verde en el Congreso a la reforma de la ley laboral de 1974. Su audacia y capacidad para mover al Parlamento parecen demostrar que, cuando se tiene decisión política, los cambios estructurales son posibles. Por ello, merece reconocimiento: Milei se adelanta a sus predecesores y lleva al país hacia un marco legal más moderno y flexible, con señales claras de eficiencia y competitividad.
Sin embargo, el avance trae consigo sombras que no se pueden ignorar. La reducción de indemnizaciones por despido, la posibilidad de negociar directamente entre empleador y trabajador, y la imposición de servicios mínimos en huelga ponen en riesgo conquistas históricas. La ampliación de la jornada laboral a 12 horas, la fraccionabilidad de las vacaciones y la posibilidad de recibir parte del sueldo en bonos, alojamiento o dólares reflejan un desequilibrio evidente: se prioriza la flexibilidad empresarial sobre la protección de quienes hacen funcionar la economía.
Es cierto que la Argentina necesitaba una reforma laboral: la ley de 1974 estaba desactualizada y limitaba la competitividad. Pero los derechos de los trabajadores no pueden quedar como meras “opciones” a negociar, ni verse recortados en nombre de la modernización. La verdadera prueba será si el gobierno logra equilibrar la eficiencia con la seguridad y dignidad de los empleados, para que esta reforma no sea recordada como un triunfo del poder político sobre la justicia laboral.
En pocas semanas, Milei ha demostrado que tiene fuerza para cambiar la historia. Ahora debe probar que esa fuerza puede ser usada para todos los argentinos, y no solo para quienes dirigen las empresas.
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