El progresismo del futuro es en realidad sólo el socialismo del pasado según la teoría de Antony Muller por Karin S. Hiebaum

Es un error común meter en un mismo saco a izquierdistas, progresistas, socialistas y comunistas, que, aunque puedan tener varias cosas en común, también tienen otras que los diferencian bastante.”


Reconozco que muchas veces he usado indiscriminadamente los términos: izquierdista, progresista, socialista y comunista, cuando son diferentes a pesar de que puedan parecer iguales. Es un error muy común entre los que criticamos estas ideas, pero muchas veces vemos que hasta los mismos partidarios de estas ideas también lo hacen. Suele haber mucha confusión cuando se habla de todo lo que se posicione al eje izquierdo del espectro, por lo que me gustaría en está ocasión hacer algunas diferencias entre ellos, ya que no todos los progresistas son izquierdistas, comunistas o socialistas.

Empecemos por diferenciar comunismo de socialismo, en los dos la propiedad privada de los medios de producción (bienes de capital) no existe, los cuales en el socialismo pertenecen al Estado, mientras que, en el comunismo ni el Estado, ni la propiedad privada de los medios de producción existen. Para Marx y sus posteriores teóricos el comunismo es el estadio superior del socialismo. Muy habitualmente nos referimos a socialistas y comunistas por igual, sobre todo cuando hablamos del chavismo, el nombre adecuado es socialista, ya que defienden que sea el Estado el que sea propietario de los medios de producción.

Todos los izquierdistas no son socialistas o comunistas por criticar el capitalismo, de hecho, muchos izquierdistas están en contra del socialismo y el comunismo, saben que su imposición conlleva a regímenes totalitarios que son muy diferente a lo que suelen defender. La izquierda suele estar más a favor de economías mixtas, es decir donde haya una parte privada y otra estatal (llamada también pública, aunque no son guales, es menester de otro artículo explicar sus diferencias, por el momento usaré el término “público” por ser con el que más está familiarizadas las personas). Para la izquierda los medios de producción no deben ser del Estado, pero tampoco deben estar sujetos a las leyes del mercado, es decir, quieren que el gobierno regule la economía interviniendo en ella constantemente, haciendo que la propiedad de los medios de producción no actúe libremente, sino que estén sometidos a la supervisión e intervención del Estado. Es decir, se puede ser propietario de una empresa siempre y cuando haga todo lo que el gobierno le imponga.

La izquierda además de estar a favor de la intervención del gobierno en la economía, también busca que haya igualdad a través de la distribución de la riqueza, lo que implica que quienes sean dueños de los medios de producción, se les permita seguir en posesión de ellos a cambio de pagar impuestos por el beneficio de usarlos. Para la izquierda, quienes más tienen que suelen ser los que más producen, deben dar a los que no tienen. Para ellos la desigualdad se elimina con un trasvase de riqueza del sector productivo al no productivo, por medio de la recaudación de impuestos por parte del Estado.

Los izquierdistas buscan que las personas tengan un mínimo de bienestar social y material, por lo cual defienden educación y salud pública, que sea gratuita para quienes deban hacer uso de ella. En este caso estarían a favor que los sectores de salud, educación y pensiones funcionen como en el socialismo, donde es el Estado el propietario de los medios de producción. Además, defienden que el Estado debe garantizar el bienestar material de las personas, es decir que tengan comida, salud, educación, cultura y demás cosas que son necesarias para una vida mínimamente digna, así que, si alguien no puede suplir todas esas necesidades por sí mismo, el gobierno debe hacerlo, pero como el Estado no crea riqueza, debe recurrir a los ciudadanos y empresas que son productivos cobrándoles impuestos para poder hacer frente a todos esos gastos.

La izquierda puede variar de una región a otra, por ejemplo: la izquierda latinoamericana, en Europa es considerada extrema izquierda. ¿Qué diferencia a la izquierda moderada de la extrema izquierda? – la diferencia es el grado de intervención estatal que quieren, mientras que la izquierda moderada busca un menor peso del Estado en la economía acercándose más a los modelos de capitalismo de libre mercado, la extrema izquierda se mueve más peligrosamente a más intervención estatal, siendo más cercana al socialismo. Por eso a la extrema izquierda se le relaciona con los socialistas, como es el caso de Venezuela, donde los que defienden el régimen chavista se les tilda de extrema izquierda, mientras que, por ejemplo: Pepe Mujica, político de izquierda se le tilda de moderado al no aplicar las recetas de sus homólogos ideológicos de la izquierda latinoamericana, lo cual se vio reflejado en su gobierno, al ser el que mejor le fue económicamente frente al resto de presidentes izquierdistas. Además, Pepe Mujica en varias entrevistas ha terminado reconociendo la superioridad del capitalismo.


El mundo se encuentra actualmente en medio de un nuevo impulso agresivo para lograr un nuevo orden socialista a través de un poderoso y «eficiente» estado tecnocrático. Este nuevo orden ha sido etiquetado como «progresista», pero es simplemente la última versión del impulso socialista que hemos visto antes en la forma de socialismo y comunismo.

Una guerra contra la propiedad privada

Resumiendo en una sola frase, los planes de los comunistas apuntan a la abolición de la propiedad privada. A partir de ahí, siguen las otras grandes demandas, como la abolición de la familia, la nación y los países, y finalmente, como señaló Marx, «el comunismo suprime las verdades eternas, suprime toda la religión y toda la moral». En la medida en que el programa del liberalismo «si se condensa en una sola palabra…. es la propiedad privada de los medios de producción» (como lo describió Ludwig von Mises), el programa de los comunistas es la abolición de la propiedad privada.

Una promesa de eficiencia y pericia

Sin embargo, el socialismo marxista, es decir, el comunismo, no ha encontrado muchos seguidores en los Estados Unidos. El llamamiento comunista a la justicia y la igualdad encontró más resonancia en el viejo mundo. Para tener un atractivo para los estadounidenses, el socialismo tenía que ser presentado de manera diferente. En los Estados Unidos, el evangelio del socialismo apareció bajo el nombre de «progresismo» y se predicaba como la forma de llevar a la sociedad al más alto grado de eficiencia.

Bajo el presidente Woodrow Wilson, el progresismo alcanzó su primer pico como la filosofía dominante del Estado. La sociedad era para estos socialistas una única organización. Los burócratas como administradores públicos encontraron una vívida expresión en la novela política Philip Dru: Administrador: A Story of Tomorrow de Edward Mandell House, quien fue un amigo muy cercano de Wilson y quien sirvió como el asesor político y diplomático más importante del presidente.

Esta visión del progresismo requiere:

  • La representación del gobierno y de los trabajadores en la junta de cada corporación
  • Compartir los beneficios de las empresas de servicios públicos
  • Propiedad gubernamental de los medios de comunicación
  • Propiedad del gobierno de los medios de transporte
  • Un sistema integral de pensiones de vejez
  • La propiedad gubernamental de toda la asistencia sanitaria
  • Protección laboral completa y arbitraje gubernamental de los conflictos laborales

Más allá de eso, otras demandas y programas planteados y realizados por el movimiento progresista han incluido la eugenesia, la población y el control de la natalidad, la planificación familiar, la prohibición, la legislación antimonopolio, la educación pública, el banco central y un impuesto sobre la renta.

Estos ecos de los tablones del Manifiesto comunista, que incluía demandas para

  • Centralizar los medios de comunicación y poner los medios de transporte en manos del Estado
  • Extender el control del estado a través de las fábricas y sobre toda la tierra
  • Aplicar un pesado impuesto progresivo sobre la renta y abolir los derechos de sucesión
  • Centralizar el crédito en manos del Estado y establecer un banco central de un monopolio monetario exclusivo

A diferencia del Manifiesto comunista, los progresistas no predicaban una revolución proletaria, sino que hablaban en nombre de la eficiencia y exigían el gobierno burocrático de expertos administradores públicos. De manera específica, el movimiento progresista presenta un programa aún peor que el marxismo. Como Murray Rothbard lo resumió, el movimiento progresista trajo una profunda transformación de la sociedad americana:

de una sociedad más o menos libre y laissez-faire del siglo XIX, cuando la economía era libre, los impuestos eran bajos, las personas eran libres en su vida cotidiana y el gobierno no era intervencionista en el país y en el extranjero, la nueva coalición logró en poco tiempo transformar a América en un Estado imperial de guerra de bienestar, donde la vida cotidiana de la gente estaba controlada y regulada en un grado masivo.

El socialismo disfrazado

Guiar a la humanidad al cielo en la tierra transformando la sociedad es el mensaje por excelencia del socialismo, comenzando con el «socialismo utópico» del siglo XIX y llegando a nuestro tiempo con la demanda de una «utopía concreta». Sin embargo, a diferencia de la mitología marxista de que el socialismo sería el sucesor imparable del capitalismo, la historia muestra que el «fenómeno socialista» ha aparecido una y otra vez a lo largo de la historia. En lugar de ser el modelo del futuro, el socialismo es, de hecho, una idea fallida del pasado.

El socialismo es el intento de crear un nuevo orden social a voluntad. Sin embargo, uno no puede construir el «orden» según sus deseos. La realización volitiva de un sistema socioeconómico da como resultado el establecimiento de la sociedad como una única organización dominada por el Estado y, como tal, es necesariamente jerárquica y debe basarse en el mando y la obediencia en lugar de la libre asociación del pueblo como sucede en un orden espontáneo.

El presidente Wilson fracasó en su plan de llevar a los Estados Unidos a la Liga de las Naciones y establecer una organización para promover un nuevo orden mundial en sintonía con las visiones de los progresistas. Durante algún tiempo, los americanos retomaron la tradición del individualismo y el aislacionismo. Sin embargo, con la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial, la oportunidad de transformar la sociedad y poner a los expertos burocráticos en la cima volvió con fuerza bajo la presidencia de Franklin Delano Roosevelt. Con el fin de la guerra mundial volvió la oportunidad de establecer una red de organizaciones internacionales con la misión de organizar la sociedad y la economía bajo los auspicios de expertos burocráticos. Esto ocurrió con la fundación de las Naciones Unidas y sus diversos subgrupos y organizaciones hermanas para que se dedicaran a las finanzas, la educación, el desarrollo y la salud.

El empuje internacional

Con el lanzamiento de las Naciones Unidas, el progresismo como programa de lo que James Ostrowski llama «destruir Estados Unidos» ha alcanzado una plataforma global. La sede principal de esta filosofía se ha trasladado a la sede de las Organizaciones de las Naciones Unidas. Desde su inicio, las Naciones Unidas han sido el portador de luz del progresismo global.

La protección del medio ambiente y la «salud mundial» resultaron ser los pretextos ideales para hacer avanzar el programa del progresismo. En junio de 1994, la Agenda 2021 de las Naciones Unidas fue iniciada por la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo en Río de Janeiro y pidió la imposición del «desarrollo sostenible» a escala mundial. Mientras que la Agenda 2021 era todavía relativamente modesta en sus demandas y no vinculante en cuanto a su plena ejecución, la posterior Agenda 2030 dejó el gato fuera de la bolsa. El nuevo programa se aprobó cuando los Jefes de Estado y de Gobierno y los altos representantes se reunieron en la Sede de las Naciones Unidas en Nueva York en septiembre de 2015. En esta reunión, aprobaron la adopción de los «Objetivos de Desarrollo Sostenible Mundial» sobre metas y objetivos universales y transformadores de amplio alcance.

La nueva agenda describe un programa de toma de control gubernamental integral de casi todos los aspectos de la vida personal. Sin asentir a la libertad humana y a la coordinación del mercado, el documento enumera diecisiete objetivos que deberían cumplirse mediante una toma de posesión burocrática de la sociedad a escala mundial. Detrás de las promesas populares como el fin de la pobreza y el hambre, la vida sana, la educación equitativa y la igualdad de género acecha la agenda para imponer el socialismo mundial. Exigencias como la reducción de la desigualdad de ingresos dentro de los países y entre ellos, las pautas de consumo y producción sostenibles y la construcción de sociedades inclusivas para el desarrollo sostenible forman parte de un plan primordial para acabar con la economía de mercado e imponer una planificación estatal integral.

Afirmando la «perpetuación de las disparidades entre las naciones y dentro de ellas, el empeoramiento de la pobreza, el hambre, la mala salud y el analfabetismo, y el continuo deterioro de los ecosistemas de los que dependemos para nuestro bienestar» (capítulo 1, preámbulo), la conferencia llama a una «asociación mundial para el desarrollo sostenible».

Bajo el título de «áreas de programa» la agenda destaca «los vínculos entre las tendencias y factores demográficos y el desarrollo sostenible». El crecimiento de la población mundial combinado con «patrones de consumo insostenibles» pone en peligro el planeta, ya que «afectan al uso de la tierra, el agua, el aire, la energía y otros recursos». En el punto 5.17 de su objetivo, la conferencia exige: «La plena integración de las preocupaciones de la población en los procesos nacionales de planificación, política y toma de decisiones». La protección del medio ambiente requiere la regulación integral de la población mundial, lo que a su vez hace necesario el control del comportamiento personal.

En resumen, la adopción de este «nuevo orden mundial» significaría la abolición de la propiedad privada, o lo que Mises consideraba como el programa liberal, un mundo basado en la propiedad privada. Si se promulga, este proyecto fracasará al final, pero traerá un inmenso sufrimiento mientras tanto.