Karin Silvina Hiebaum

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Shakespeare al diván: celos patológicos, feminismo y femicidio en cinco actos
Shakespeare describe los celos como algo que no le suma nada al amor, aunque algunos especialistas digan que en dosis pequeñas son tolerables.

«¿Otelo tiene los sentidos cabales? ¿No está su cerebro en delirio?».

De Ludovico a Yago, en un pasaje de Otelo, el moro de Venecia.

Como siempre, me entero de las cosas a través de la psicología . En una charla de diván, me preguntó mi Colega si conocía el síndrome de Otelo. Y, como de costumbre ante una discípula de Freud, no pude mentir. Le dije que apenas sabía de un tal Otelo, personaje de una obra de teatro escrita por un tal Shakespeare.

Para los psicoanalistas Otelo es, también, el nombre de un síndrome que afecta a quienes padecen de celos patológicos. Es decir, personas que piensan que han sido engañadas por sus parejas a pesar de que no cuentan con prueba alguna. En realidad, su propia mente es la que las convence de episodios que jamás ocurrieron.

William Shakespeare, mucho antes que la psicología, describe esta situación en Otelo, el moro de Venecia (1603), sobre la que encontrarán un detallado artículo en este mismo sitio. Breve síntesis: Otelo es un general moro que se ha casado con la bellísima Desdémona. Su alférez, Yago, lo convence de que ella le es infiel con Cassio, a quien desea arruinarle su carrera militar. En medio de este lío conyugal, está Emilia, la esposa de Yago, convertida en confidente de Desdémona, y Blanca, una mujer casada, de vida ligera, que, en realidad, pretende a Cassio.

Leí la obra con ojos del siglo XXI y enseguida encontré, como prometió mi psicóloga, una descripción certera de los celos patológicos. Descubrí rasgos feministas en Emilia y homosexuales en Yago, personajes centrales de esta tragedia. E imaginé cómo un par de enlaces y de fotos extraídos de Facebook o Instagram podrían ser las armas de un Yago posmoderno.

Shakespeare describe los celos como algo que no le suma nada al amor, aunque algunos especialistas digan que en dosis pequeñas son tolerables.

Yago: —¡Oh, mi señor, cuidado con los celos! Es el monstruo de ojos verdes que se divierte con la vianda que le nutre (…).

Emilia: —Las almas celosas (…) no son siempre celosas con motivo: son celosas porque son celosas. Los celos son un monstruo que se engendra y nace de sí mismo.

Aquí, Emilia describe a los patológicos, donde hay un maltratador —casi siempre hombres, pero también mujeres— y una víctima. Esta quedará atrapada en una red de interrogatorios, persecución real o virtual, sospechas y aislada de familiares y amigos. Por supuesto, podría sufrir maltrato verbal y físico, y terminar como Desdémona.

Muchas veces, para colmo, existe un personaje como Yago. Alguien que abastece las sospechas con rumores o, directamente, historias y hasta pruebas inventadas. Una vez hecho esto, el camino para el delirio quedará allanado:

Otelo: —Una vez que se duda, el estado del alma queda fijo irrevocablemente.

Como, al principio, Otelo quiere pruebas y estas no existen, su alférez se encargará de inventarlas. Un pañuelo que Otelo le regaló a Desdémona y que supuestamente está en poder de Cassio parece suficiente. Pero también armará una escena en la que este habla sobre Blanca a quien Otelo confundirá con Desdémona. Las dudas comenzarán a carcomer al general moro:

Otelo (a Yago): —Por el universo, creo que mi esposa es honrada y que no lo es; pienso que tú eres justo y que no lo eres. ¡Quiero tener alguna prueba! Su nombre, que era tan puro como el semblante de Diana, está ahora tan embadurnado y negro como mi propio rostro… (…) ¡Quisiera estar plenamente convencido!

En este y otros momentos de la obra, Shakespeare, como en Enrique V, se preocupa por la imagen pública que, obviamente, queda muy dañada cuando alguien ha sido acusado de serle infiel a su pareja. Paradójicamente, es Yago quien lo afirma:

Yago: —Mi querido señor, en el hombre y en la mujer, el buen nombre es la joya más inmediata a sus almas. Quien me roba la bolsa, me roba una porquería (…), pero el que hurta mi buen nombre, me arrebata una cosa que no le enriquece y me deja pobre en verdad.

Pero volvamos a las maniobras de este embustero. Quizá la más delirante, consiste en contarle un sueño a Otelo:

Yago: —Le oí decir en sueños (a Cassio): “Encantadora Desdémona, seamos prudentes, ocultemos nuestros amores”. Y entonces, señor, me estrujaba la mano diciendo “¡Oh!, dulce criatura”. Y luego me besaba con fuerza como si quisiera arrancar por la raíz besos que brotaran de mis labios. Y acto seguido repuso: “¡Maldito sea el destino que te ha entregado al moro!”.

 

Volviendo al psicoanálisis, los sueños y los deseos tienen mucho que ver en este síndrome. Muchas veces quienes lo padecen tienen fantasías de convertirse ellos mismos en infieles o deseos homosexuales. En efecto, Yago teme a las mujeres y hasta puede dudarse de su masculinidad.

¿Y qué piensa Desdémona a todo esto? Su punto de vista es bastante inocente, debido a su juventud. Cree en su marido y hasta se preocupa cuando no encuentra el famoso pañuelo.

Desdémona: —¿Dónde pude haber perdido ese pañuelo? (…) Créeme (Emilia), hubiera preferido perder mi bolsa llena de cruzados, pues si mi noble moro no fuera un alma leal y exento de esa bajeza de que están hechos los seres celosos, sería esto lo bastante para despertar en él malos pensamientos.

Emilia: —¿No es celoso?

Desdémona: —¿Quién, él? Pienso que el sol bajo el cual ha nacido secó en él semejantes humores.

Y tiene razón. Otelo, quien al principio actúa razonablemente y le pide pruebas a Yago, poco a poco se va convenciendo de que lo han engañado, por culpa de su alférez, metáfora de su propia mente.

En el medio de la tragedia, una respuesta de Emilia que encantará a las feministas y otra de Yago que, bueno, no gustará tanto:

Emilia: —Ni en un año ni en dos se nos muestra un hombre. No son todos más que estómagos, y nosotros tan solo su alimento. Nos comen glotonamente y, cuando están saciados, nos vomitan.

Yago: —Ahora voy a preguntar a Cassio por Blanca, un ama de casa que vende sus favores para comprarse pan y vestidos. Esta infeliz está loca por Cassio. Es el castigo de la puta: engañar a mil y ser engañada por uno…

Ilustración de Otelo
Otelo, En «Shakespeare scenes and characters. A series of illustrations designed by Adamo, Hofmann, Makart, Pecht, Schwoerer, and Spiess», 1876.
Como les dije, Emilia es un personaje central. Es ella quien descubre las maniobras de Yago, aunque un poco tarde, y quien siempre confía en Desdémona:

Emilia (a Otelo): —Me atrevo a jurar que es honrada (…). Si algún miserable os infundió eso en la cabeza, que el Cielo pueda recompensarle con la maldición de la serpiente; porque si no es honrada, casta y leal, entonces no hay ningún hombre feliz; la más pura de las mujeres es despreciable como la calumnia.

Emilia: —¡Que me ahorquen si no hay un sempiterno villano (…), algún lisonjero y mentiroso que le ha imbuido esta idea en la cabeza para obtenerse un empleo! ¡Que me ahorquen si no es así!

Pero a estas alturas, totalmente obnubilado, el moro ya no le cree a nadie, salvo al malvado de Yago.

Otelo (sobre Emilia): —Es una simple alcahueta, que no sabe decir mucho. Es una ramera astuta, un gabinete de infames secretos cerrados a llave y, a pesar de ello, se arrodilla y ora. Se lo he visto hacer.

Sin embargo, con la tragedia casi consumada, ella revela toda la maniobra:

Emilia (a Otelo): —¡Oh, moro estúpido! El pañuelo del que hablas lo encontré yo por casualidad y se lo entregué a mi marido; pues a menudo con suma insistencia me había suplicado que lo robara.

Yago: —¡Vil ramera!

Emilia: —¡Darlo ella a Cassio! ¡No, ay! ¡Yo lo encontré y se lo di a mi marido!

Volví al diván después de leer la obra. Como dice mi psicóloga, los celos patológicos abundan y quienes los padecen causan mucho sufrimiento a sus víctimas, ya sean mujeres u hombres. Porque, en griego, el nombre Desdémona significa infortunada. Y vaya que lo fue.