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Karin Silvina Hiebaum – International Press

Nace del desarrollo del liberalismo, impulsada por la lucha de clases. Y, al calor de esa misma lucha, como democracia económica será la antítesis del liberalismo.

El gobierno de la sociedad por la mayoría de sus miembros se ha definido, en cada momento de su historia, por unas instituciones y derechos que, hasta hace cuarenta años crecían con cada generación y no tenían techo. Ahora, que está en retroceso en todas partes, comprendemos que es tan inestable como la propia historia humana. Porque la democracia es el proceso institucionalizado de la lucha de clases, en los países donde la cultura liberal entronizó el capitalismo. El régimen surgió del liberalismo, a raíz de las luchas obreras y de otras clases explotadas por hacer oír su voz en la sociedad industrializada, y ha plasmado sus conquistas en lo que hoy se conoce como el Estado social del bienestar. Se consolidó primero en Europa, tras la catástrofe de la II guerra mundial, y se ha extendido a otros pocos estados industriales. La crisis, de un régimen así fundado, ocurre cuando la expansión de la cultura de gobierno, basada en la soberanía popular, tropieza con los conceptos del mercantilismo liberal inicial.

Para protegerse de esos choques inevitables, el liberalismo ha ido construyendo diques y casamatas defensivas. El ejemplo más claro lo proporciona el secretismo informativo de los gabinetes económicos y financieros, y su composición, donde se toman las decisiones de política económica y financiera de los países con gobiernos democráticos. Para muestra, las actuaciones del Banco Central Europeo durante la crisis financiera de 2008 a 2015, incluida la etapa de Mario Draghi, y su embestida para desprestigiar y ahogar al Gobierno de izquierdas de Grecia, víctima propiciatoria, sacrificada para salvar los bancos franceses y alemanes [i]. Cuando la democracia amplió los derechos liberales para incluir al conjunto de la nación, lo hizo bajo el impulso y la presión de los trabajadores y sus aliados, los cuales se convirtieron, también, en ciudadanos con voz y voto en la designación de los gobiernos. Para esas circunstancias, que amenazan la esencia mercantil de la sociedad liberal, el estado dispone de instituciones que señalan los límites a la participación popular. Si analizamos su concepción de lo que son los derechos del hombre, los regímenes liberales, desde sus inicios, separan la economía y la vida de los ciudadanos, y enmarcan la acción de éstos en unos lindes que blindan los derechos de la libertad de empresa y del empresario. A la puerta de la empresa desaparecen los derechos democráticos y, solo gracias a las luchas obreras ha surgido un tipo especial de legislación, los derechos laborales.

Inscrita en el ADN liberal, la actividad empresarial es la institucionalización del egoísmo como fundamento del individuo; ente filosófico sobre el que los liberales van a construir la moderna sociedad del capitalismo. Dicha filosofía tiene su origen en la tradición judeocristiana, depurada por la reforma protestante, que otorga al individuo humano la propiedad de la naturaleza del planeta, para servir al mandamiento divino de “crecer y multiplicaros”. Uno tras otro, los derechos democráticos chocan con el baluarte liberal de la propiedad mercantil. Después de varios lustros de convivencia más o menos conflictiva, con avances importantes de la democracia económica en la Republica Federal Alemana, Suecia y otros países del Noroeste europeo, o de la planificación pública de las inversiones en Bélgica, Francia o Reino Unido; llegó la crisis del petróleo de 1974 a 1976 que inició una larga etapa para retrotraer el capitalismo europeo hacia los límites sociales compatibles con el dominio liberal, el cual estará marcado desde entonces por su versión anglo-americana, mucho más restrictiva de los derechos laborales. La etapa de aumento de la desigualdad, marcada por la recesión de derechos sindicales y laborales, cubre casi medio siglo de hegemonía neoliberal; cincuenta años pautados por crisis financieras cada vez más agudas, que se iniciaron en la banca de la periferia asiática, del norte escandinavo, del este europeo recién recuperado para la hegemonía anglosajona, y la deuda latinoamericana. Finalmente, en 2001 y 2008, la crisis golpeó el núcleo del capitalismo global en Wall-Street, expandiendo la recesión financiera a todos los países del planeta y poniendo sobre el tablero de la política económica el carácter inestable de los mecanismos de intercambio económicos, tal y como están regulados por los principios liberales.

El origen judeocristiano del liberalismo se percibe más claramente en su visión unilateral del consumo

El mecanismo de la demanda ya había sido clarificado por Keynes, orientando las políticas que mantuvieron la cohesión social y unas relaciones laborales estables, en Europa occidental, entre 1945 y 1970. El de la oferta ha demostrado ser el componente menos dócil del capitalismo; a la vista están los experimentos neoliberales y sus consecuencias financieras, generadores de la desigualdad y destructores de la cohesión social que sufrimos desde 2008. Año de inicio de una serie de crisis encadenadas con pandemia y desorganización de las cadenas globales de producción y comercio, acompañadas de guerras por el control de los recursos, las cuales han provocado, a su vez, varias guerras civiles en los países afectados y, por fin, una guerra en Europa.

Pero el origen judeocristiano del liberalismo se percibe más claramente en su visión unilateral del consumo. Del keynesianismo académico quedó la cultura del ciudadano consumidor, alguien que se reconoce en las cosas que consume, y el mito de la naturaleza como proveedora inagotable de recursos. En una civilización tecnológica, causa extrañeza lo poco que han penetrado, en la filosofía de lo humano, los descubrimientos de Darwin, su análisis de la evolución a través de la relación de las especies con su entorno, y del ser humano como creador cultural de su propia ecología. La idea occidental del individuo, rey de la naturaleza, es demasiado potente para permitir una filosofía ecológica, que reconozca al planeta como soporte de lo humano, algo que tener en cuenta para los cálculos del equilibrio entre el consumo y la regeneración. El liberalismo, que ha creado las naciones como cristalización de la lucha violenta por el poder de los grupos tribales, no puede pensar un mundo donde esas luchas de dominio no tengan espacio; lo cual lo incapacita para valorar la magnitud destructiva de la violencia a escala global. No puede imaginar una administración de los recursos de la Tierra, que no este sustentada en la propiedad y la confrontación entre estados. De una forma u otra, por el agotamiento de recursos, por el calentamiento global o por la guerra, el capitalismo liberal conduce a la autodestrucción humana, otra razón poderosa para distinguir la democracia de su versión bajo el capitalismo.

Los problemas del capitalismo no solo vienen del lado de la demanda y el consumo. La forma en que se gestiona su organización clave, la empresa, y el capital que la sustenta, también es destructiva de la convivencia social

Pero los problemas del capitalismo no solo vienen del lado de la demanda y el consumo. La forma en que se gestiona su organización clave, la empresa, y el capital que la sustenta, también es destructiva de la convivencia social. La oferta de capital, en el siglo de la aplicación directa de la ciencia a la industria, ha sido modelada por Kaplan y Norton, como herramienta de gestión. Su Cuadro de Mando Balanceado (BSC) [ii] aporta un nuevo concepto, que adapta el ciclo clásico del capital a la era actual de la información como factor de producción. Su análisis contempla la empresa desde las perspectivas de la economía política [iii], capital productivo, capital comercial y capital financiero, pero le añade una nueva dimensión que las trasforma a todas ellas: la perspectiva de aprendizaje y crecimiento, según la cual la organización empresarial aprende y se adapta a un entorno cambiante, auto modelando las relaciones internas que se dan entre personas con habilidades diferentes. Realmente son las personas las que aprenden y plasman en tecnologías de la empresa ese aprendizaje, pero al ser un conocimiento práctico, es decir, en gran parte tácito, pierde gran parte de su utilidad fuera de las relaciones establecidas entre esas mismas personas [iv]. Porque lo revolucionario de esa perspectiva, analizada por el BSC, es la creación cooperativa de tecnología mediante el aprendizaje compartido de los que trabajan en la empresa. Conocimientos nuevos que trasforman la capacidad de alcanzar los fines del capital productivo y comercial, es decir I+D de producción y de márketing, resultado de un círculo virtuoso que se da entre la organización de los procesos empresariales internos y los que relacionan la organización con su entorno, clientes, proveedores y competidores. Un proceso de acumulación de valor financiero e intelectual que enriquece la organización, para, según la perspectiva mercantil o financiera, crear valor para los accionistas, es decir para los propietarios del capital financiero.

Kaplan y Norton, discípulos adelantados de Milton Friedman, dan, sin saberlo, en la clave para comprender las crisis capitalistas en la era de la informatización de la economía capitalista. La tecnología que desarrolla las capacidades humanas para satisfacer las necesidades de sus semejantes es trasformada por el proceso financiero-mercantil en un mecanismo para enriquecer a una minoría, que ni tan siquiera participa en el esfuerzo. Como ya hemos dicho, la filosofía liberal solo reconoce al individuo como portador de derechos, incluido el de propiedad. De ahí nace la legislación mercantil, que necesita dividir en partes alícuotas la propiedad de los entes relacionales que son las empresas, de forma que los propietarios de éstas puedan ser personas que no participan en las relaciones productivas. Otorga derechos de voto a la propiedad, burlando el principio democrático de un ciudadano un voto, que es trasformado en cada euro un voto. Crea una clase hereditaria, ajena a la ciudadanía del trabajo y la innovación, que se perpetua en la gobernanza de las empresas y la sociedad.

Esta feudalización del capitalismo está en la base de las crisis del siglo XXI. Como los procesos de decisión en las empresas solo persiguen elevar el valor para el accionista, y éste no está implicado en la organización; la cual, incluso puede venderla y comprarla en cualquier momento, entera o por acciones. Surge una teoría que alimenta una visión especulativa de las empresas, anulando la perspectiva del largo plazo, base, por otro lado, del avance del conocimiento, que es el principal componente de la riqueza. Los directivos son empujados a elevar el valor en bolsa de las empresas, a corto plazo y por cualquier medio, y los accionistas los premian dejándolos participar en la cultura del pelotazo. Resultado, los directivos tienen un índice de rotación entre empresas no visto anteriormente, y los especialistas en especulación financiera se convierten en los dirigentes principales del capitalismo actual, verdaderos héroes para la juventud dorada de la burguesía. Sin embargo, como hemos visto, también la democracia reivindica su lugar en la historia, mostrando una encrucijada vital, en la que nos jugamos lo que somos y lo que aún no sabemos ser. Como todas las épocas de transición, está preñada de recuerdos del futuro, y la nostalgia no casa bien con las estrategias del porvenir.

El hecho social que define el momento, junto a la crisis climática, es la información irrumpiendo como bien económico, impulsor de cambios tecnológicos fuertemente disruptivos. Los cuales colocan a la humanidad, especialmente las sociedades más evolucionadas, ante la encrucijada de un cambio de civilización sin precedentes, para la cual no ha iniciado el proceso de construcción de sus instituciones. Solo sabemos que el saber humano siempre se acopla al poder hegemónico del momento. Por ello es tan importante que decidamos lo que queremos llegar a ser, y como gobernar esa forma de estar aquí. Junto al capitalismo de casino [v], hoy dominante, observamos formas participativas del trabajo y su organización, que nacen en las empresas, impulsadas por las oportunidades de aprendizaje que brindan las nuevas tecnologías. Sin embargo, las formas participativas de organización del trabajo encuentran su mejor expresión fuera de las empresas capitalistas, en organizaciones cooparativas, núcleos aún muy minoritarios, geográficamente identificados en ciertas regiones privilegiadas de Europa [vi], donde el trabajo colaborativo demuestra su ventaja evolutiva para la innovación, y para el bienestar de las personas que lo ejercen. Este nuevo concepto del capital, basado en el trabajo y la cooperación productiva con la ciencia, puede impulsar un cambio sindical, enfocado hacia la democracia en la empresa; el cual daría una nueva dimensión al proceso democrático, hoy estancado. Porque la participación de las personas trabajadoras en la gestión de las empresas, como derecho laboral reconocido y regulado por la ley de sociedades mercantiles, reiniciaría el proceso democrático, como democracia económica. Movilizarse por ella, daría perspectivas a la lucha de clases europea, que harían creíbles las esperanzas socialistas y factibles las batallas, hoy en día en paradabélica, por una nueva relación con el planeta y su clima.