En los últimos días, se ha vuelto a encender un debate que, lejos de ser menor, toca fibras profundas de nuestra historia y de nuestra identidad como nación: el lugar de los símbolos religiosos en la vida pública. Argentina es un país cuya cultura, tradiciones e imaginario colectivo han estado, desde sus orígenes, profundamente marcados por el catolicismo. Esto no es una interpretación subjetiva; es un dato histórico, jurídico y sociológico.

Por eso, cualquier intento del gobierno de turno de restringir o eliminar símbolos religiosos —particularmente aquellos vinculados al catolicismo— genera inquietud y desconcierto. No se trata de imponer una creencia a quienes no la comparten. Se trata, simplemente, de reconocer una realidad cultural y respetar una tradición que forma parte del tejido mismo de nuestra sociedad.

El Estado puede ser laico; la sociedad no deja de tener identidad

La laicidad del Estado nunca significó borrar de la vida pública toda manifestación religiosa. Significó, más bien, garantizar que ninguna religión sea obligatoria y que todas puedan convivir en igualdad. Pero la igualdad no consiste en negar lo evidente: Argentina tiene una matriz cultural católica. No reconocerlo es desconocer quiénes somos.

El respeto a la diversidad religiosa implica también respetar la tradición mayoritaria del país, del mismo modo que se reconoce y respeta la presencia de otras religiones, como el judaísmo o el islam, cuyas comunidades viven, aportan y enriquecen nuestra nación desde hace generaciones.

Una decisión que genera más conflicto que soluciones

Prohibir símbolos religiosos —o sugerirlo— no solo resulta innecesario, sino que agrava tensiones que no aportan al bienestar social. La inmensa mayoría de los argentinos vive la fe de manera pacífica y respetuosa. Atentar contra esa expresión cultural no produce progreso; produce malestar, incomprensión y la sensación de que el gobierno desconoce la sensibilidad del pueblo al que debe representar.

Por eso, es legítimo y necesario reclamar al gobierno una aclaración contundente:

  • ¿Cuál es el criterio detrás de estas decisiones?
  • ¿Por qué avanzar sobre expresiones culturales profundamente arraigadas?
  • ¿Qué sentido tiene confrontar con aquello que forma parte de la historia nacional?

La importancia del respeto mutuo

Respetar la religión de un pueblo no implica imponer creencias ni excluir a otras comunidades. Todo lo contrario: significa reconocer la historia, abrazar la pluralidad y comprender que las identidades colectivas se construyen a lo largo de siglos.

Argentina es tierra de libertad religiosa, sí. Pero también es, indiscutiblemente, un país de tradición católica. No reconocer ambas cosas al mismo tiempo es desconocer el espíritu de convivencia que nos caracteriza.

Un llamado a la sensatez

En tiempos de división y crispación social, sería sensato que el gobierno reflexione sobre la importancia de la prudencia institucional. La fe —sea cual sea— no es un obstáculo para el progreso; es parte de la vida de millones. Agredirla es agredir innecesariamente a una gran porción del país.

La Argentina necesita diálogo, respeto y claridad. No prohibiciones que reabran heridas ni decisiones que desconozcan lo que somos.


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