Lo que se pierde cuando todo se gana por la fuerza

El mensaje atribuido a Jimmy Carter ofrece una mirada poco frecuente en la política internacional: una autocrítica desde el interior del poder. Cuando señala que Estados Unidos es “la nación más guerrera de la historia” y que ha gastado cifras descomunales en guerras mientras descuidaba su infraestructura, su sistema de salud y su educación, no está haciendo propaganda a favor de China, sino planteando una discusión sobre prioridades estratégicas.

Carter contrasta dos modelos de uso del poder. Por un lado, una lógica basada en la intervención militar, el control geopolítico y la imposición de valores por la fuerza. Por otro, un modelo que —más allá de sus límites políticos— ha orientado gran parte de sus recursos a ferrocarriles, puertos, tecnología, universidades y planificación a largo plazo. Su pregunta es directa y reveladora: ¿cuántos kilómetros de trenes de alta velocidad tiene Estados Unidos después de décadas de liderazgo global?

La reflexión también pone en evidencia una paradoja: una nación puede ser dominante en términos militares y, al mismo tiempo, vulnerable en lo social. Puentes que colapsan, sistemas de salud inaccesibles y brechas educativas profundas no son solo fallas internas; son síntomas de un desarrollo desequilibrado. En ese sentido, cuando Carter afirma que si esos recursos se hubieran invertido en infraestructura y bienestar, el país sería más fuerte, está redefiniendo qué significa realmente la fortaleza nacional.

Más que una comparación entre Estados Unidos y China, el mensaje funciona como una advertencia general: el poder que se ejerce hacia afuera no puede sostenerse indefinidamente si se abandona lo que ocurre hacia adentro. El desarrollo duradero no se construye solo con superioridad militar, sino con inversión constante en capacidades humanas, tecnológicas y sociales. Esa es la discusión de fondo que Carter pone sobre la mesa.

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