​Lo que acaba de suceder con la designación de Juliana Santillán como presidenta de la Comisión de Relaciones Exteriores y Culto es el ejemplo perfecto de la meritocracia invertida que propone este gobierno. No estamos ante un simple error de gestión, sino ante la entrega de una de las áreas más sensibles del Estado a una figura cuya limitación intelectual es alarmante.

​LA MISMA PERSONA QUE:

​Confunde la Navidad con el «día de la Resurrección» en sus saludos oficiales.
​Afirmó que una familia tipo puede vivir con $360.000, demostrando una desconexión total con la realidad económica básica.
​Ha sido expuesta repetidamente por su incapacidad para redactar una oración coherente o utilizar correctamente el lenguaje en sus redes sociales.

​Es este el estándar de los libertarios: gente que llega a cargos estratégicos, como manejar acuerdos con el Mercosur y la Unión Europea, sin formación técnica sólida y con denuncias por usurpación de títulos, por presentarse como abogada sin serlo.

​Cuando la ignorancia se sienta en el sillón de las decisiones internacionales, lo que está en juego no es una ideología, sino el prestigio y el futuro del país. El «viva la libertad carajo» se convirtió rápidamente en un «viva la improvisación» de quienes ni siquiera dominan las reglas básicas de la sintaxis, mucho menos las de la diplomacia.

​LA REALIDAD: La dirigencia libertaria parece haber hecho de la precariedad intelectual una bandera. Mientras gritan contra la casta, llenan las comisiones con figuras que no pasarían un examen de secundario.

​EL PERFIL DE LA REFERENTE:

​Formación: Diplomatura en Economía Austríaca (en una institución donde su líder era profesor).
​Trayectoria: Panelista de TV y promotora de las Sociedades Anónimas Deportivas (SAD).
​Méritos: Lealtad absoluta y un manejo del lenguaje que debería avergonzar a la institución que representa.

CONCLUSIÓN: La llegada de Juliana Santillán a la cúspide de la diplomacia parlamentaria no es un hecho aislado, sino la confirmación de un modelo que desprecia el saber académico y la sofisticación intelectual. Cuando la carencia de argumentos y la dificultad para articular ideas básicas se convierten en la norma, el resultado es una política de cabotaje que nos aisla del mundo. Los libertarios son una estructura que premia la lealtad ciega por encima de la idoneidad, sentando en los lugares de decisión a personajes que, lejos de ser «leones», demuestran una precariedad mental que pone en riesgo los intereses más elementales de la Nación.

Estimado Daniel Haggerty

Quiero felicitarlo/a por la claridad y contundencia de su análisis. En tiempos donde el debate público suele reducirse a consignas vacías, su texto pone el foco en un aspecto central de cualquier república seria: la idoneidad en el ejercicio de la función pública.

Más allá de nombres propios, lo verdaderamente preocupante es el criterio con el que se designan responsabilidades estratégicas. La política exterior no es un espacio para la improvisación ni para premiar lealtades partidarias; requiere formación, experiencia y capacidad técnica comprobable. En ese punto, su reflexión resulta oportuna y necesaria.

No se trata de una discusión ideológica, sino institucional. La calidad de nuestras representaciones internacionales impacta directamente en el desarrollo económico, las relaciones diplomáticas y el prestigio del país. Exigir estándares altos no es elitismo: es responsabilidad democrática.

Celebro que haya elegido señalar este problema con argumentos y ejemplos concretos. El debate público necesita más análisis crítico y menos consignas.

Reciba mi reconocimiento por contribuir a una discusión que nos involucra a todos como ciudadanos.

Atentamente,

Karin Hiebaum de Bauer

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