
Televisores: de la caja del living al centro de la casa (y por qué nos importan más de lo que decimos)
En casa, hablar de televisores ya no es solo hablar de “una pantalla”. Es hablar de rituales chiquitos. El capítulo después de cenar. La peli que empieza “solo para probar” y termina siendo plan. El partido que convierte el living en tribuna. Hasta el noticiero de fondo mientras hacés cosas, como si la casa necesitara esa compañía para sentirse viva.
Hubo una época en la que la tele era un mueble serio, casi intocable. Pesada, profunda, con un tubo adentro que parecía de ciencia ficción. Cambiarla era un acontecimiento familiar. Hoy todo es más liviano, más grande, más nítido. Y aun así, la idea sigue siendo parecida: una ventana que trae mundos a tu sala. La diferencia es que ahora esa ventana se adapta a vos. Se vuelve cine, consola, karaoke, galería de fotos, pantalla para videollamadas, incluso reloj gigante cuando te quedás sin batería en el celular.
Cuando la imagen se volvió “real” y la tele dejó de ser solo tele
Hay algo hipnótico en ver una pantalla moderna bien calibrada. Ese tipo de imagen que te hace notar detalles que antes ni existían. La textura de una campera, la neblina en un bosque, el reflejo mínimo en un vaso. No es magia, pero se siente como magia. Parte de la gracia está en cómo evolucionó la tecnología. Pasamos de pantallas que “mostraban” a pantallas que “envuelven”. Y eso cambia la relación.
Antes mirabas televisión. Ahora mirás contenido. Y suena a frase hecha, pero es verdad. La tele dejó de ser una programación que te esperaba a tal hora. Hoy es más parecida a una biblioteca enorme, siempre abierta. Elegís, pausás, retrocedés, cambiás de idioma, ponés subtítulos, seguís mañana. Eso, sin darte cuenta, también te cambia el humor. Porque cuando algo se vuelve simple, uno se relaja.
También está el tema del tamaño. Crecieron tanto que se volvieron parte de la decoración. A veces son minimalistas, otras parecen cuadros negros apagados. Y cuando están encendidos, dominan el ambiente. No necesariamente para mal. Hay casas donde el televisor es literalmente el “fogón moderno”. La gente se sienta alrededor. Conversa antes, comenta durante, discute después. Todo eso pasa frente a una pantalla.
Lo que miramos habla de nosotros (aunque no queramos admitirlo)
Los televisores son una especie de espejo suave. No porque reflejen tu cara, sino porque reflejan hábitos. Qué elegís ver cuando estás cansado. Qué te pone de buen humor. Qué usás para desconectar. Hay días en que uno necesita una serie liviana para respirar un rato. Hay otros en que querés una película lenta, de esas que te dejan pensando. Y a veces solo querés ruido de fondo, sin culpa. La tele está ahí para eso también.
Y está el fenómeno hermoso y medio absurdo de “ver juntos”. Porque muchas veces no es que todos aman lo mismo. Es más simple: compartís espacio. Te reís con el otro. Comentás una escena. Alguien trae algo para picar. De pronto, el televisor no es el protagonista, es la excusa. Eso es lo que lo vuelve tan cotidiano y tan importante al mismo tiempo.
Ni hablar de cómo cambió la forma de descubrir cosas. Antes un amigo te recomendaba una peli. Hoy te la recomienda el algoritmo… y a veces acierta, y a veces te manda a lugares rarísimos. Pero cuando acierta, sentís que te entendieron. Un poco inquietante, sí. Un poco cómodo también.
El futuro ya llegó: pantallas inteligentes, casas conectadas y nuevas formas de mirar
La tele moderna se volvió inteligente, y eso tiene su lado práctico y su lado “ok, esto ya es mucho”. Práctico porque tenés todo en un solo lugar. Apps, streaming, música, canales, juegos. “Esto lo busco acá” y listo. Y lo otro… es que cada pantalla parece saber más de vos de lo que te gustaría. Por eso cada vez se habla más de privacidad, de permisos, de qué se comparte y qué no. No es paranoia, es sentido común digital.
También están las nuevas costumbres. Gente que ya casi no usa cable. Otros que viven con YouTube. Muchos que usan la tele para poner música con imágenes y convertir el living en bar suavecito. Y sí, también los que la usan de pantalla gigante para trabajar un rato, mostrar una presentación o ver planos con más comodidad. La tele como “monitor grande” es algo que hace unos años sonaba raro, hoy es normal.
Lo lindo es que, pese a todo lo tecnológico, sigue habiendo algo simple en esto. Los televisores siguen cumpliendo esa función antigua: juntar historias. Algunas vienen de afuera. Otras se crean adentro, en casa, con los comentarios, los silencios, las risas, el “pone pausa, ya vuelvo”. Al final, la pantalla no es lo que importa. Importa lo que pasa alrededor. Y eso, por suerte, no pasa de moda.

