Como psicóloga del aprendizaje, he aprendido que la verdadera inclusión no se logra forzando conductas, sino comprendiendo cómo aprende, siente y se regula cada persona. La imagen nos invita a escuchar a las personas autistas, pero este mensaje también resuena profundamente en quienes viven con TDAH, cuyas necesidades suelen ser malinterpretadas o minimizadas.

Cuando un niño dice “no me fuerces a hacer contacto visual”“no me fuerces a comer eso” o “no me fuerces a ir”, no está desafiando la autoridad. Está expresando límites neurológicos, sensoriales y emocionales. En el caso del TDAH, frases como “no puedo concentrarme as픓necesito moverme” o “me cuesta seguir este ritmo” suelen ser vistas como falta de interés o disciplina, cuando en realidad reflejan una forma distinta de procesar la información y el entorno.

Desde la psicología del aprendizaje entendemos que no todos aprenden de la misma manera ni bajo las mismas condiciones. Forzar la quietud, la atención sostenida o la adaptación a un único modelo educativo puede generar frustración, ansiedad y una profunda desconexión con el proceso de aprender. Tanto en el autismo como en el TDAH, el aprendizaje florece cuando se respetan los tiempos, se ofrecen apoyos adecuados y se valida la experiencia del otro.

Escuchar no significa bajar expectativas, sino ajustar las estrategias. Significa crear entornos flexibles, donde el movimiento, la diversidad sensorial, las pausas y las distintas formas de expresión sean parte del aula y de la vida cotidiana. La inclusión real no busca que todos encajen, sino que todos tengan un lugar.

Como profesionales del aprendizaje, nuestra responsabilidad no es corregir la diferencia, sino acompañar el desarrollo desde la comprensión y el respeto. Porque cuando dejamos de forzar y comenzamos a escuchar, no solo enseñamos mejor: también educamos con humanidad.


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