Planes sociales, trabajo y la gran contradicción argentina

Carta al lector

Si hay algo verdaderamente destructivo para una Nación es convertir la asistencia social en un sistema permanente que reemplace al trabajo. Esa fue, desde siempre, una de las razones centrales por las que me opuse al kirchnerismo. Un espacio político que se decía peronista, pero que hizo exactamente lo contrario a lo que enseñó Perón: en lugar de crear empleo y dignidad a través del trabajo, fomentó la dependencia y destruyó la cultura del esfuerzo.

El peronismo histórico integraba a los trabajadores al sistema productivo; el kirchnerismo los expulsó hacia planes sociales administrados como herramientas políticas. Esa diferencia no es ideológica, es moral y económica.

Lo más preocupante es que hoy esa contradicción no solo persiste, sino que se profundiza. Bajo el gobierno de Javier Milei aumentó la cantidad de personas que reciben planes sociales y también el monto de esos ingresos. El resultado es tan paradójico como injusto: los beneficiarios de planes fueron los únicos que lograron ganarle a la inflación, mientras el trabajador —el que cumple horarios, paga impuestos y sostiene al Estado— perdió cerca del 40% de su poder adquisitivo.

No se trata de culpar al que recibe ayuda. Nadie elige vivir de un plan. El problema es un sistema que castiga al que trabaja y premia la dependencia, condenando al país a un estancamiento permanente.

Una Nación no se construye con subsidios eternos ni con discursos grandilocuentes. Se construye con empleo genuino, educación, producción y un Estado que acompañe al ciudadano, no que lo sustituya. Mientras esta discusión siga siendo incómoda o políticamente incorrecta, la Argentina seguirá repitiendo los mismos errores, gobierne quien gobierne.

Alberto Onganía

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