
Baleares: prosperidad sin asfixia
Columna de opinión
Baleares vuelve a ocupar titulares por razones que, aunque diversas, tienen un hilo conductor evidente: el éxito trae consigo tensiones que no pueden seguir gestionándose con recetas del pasado.
Las últimas semanas han dejado una fotografía clara del archipiélago. Por un lado, alertas meteorológicas cada vez más frecuentes y severas, que ponen a prueba infraestructuras y servicios públicos. Por otro, cifras récord de turismo internacional, con millones de visitantes y un gasto creciente que confirma que Baleares sigue siendo uno de los grandes motores económicos de España. A ello se suman debates recurrentes: vivienda inaccesible, presión sobre el territorio, sostenibilidad, saturación turística y una administración que parece siempre llegar tarde.
El problema no es la prosperidad. El problema es cómo se gestiona.
El turismo, lejos de ser el enemigo, ha demostrado una vez más su capacidad para generar riqueza y empleo. Sin embargo, insistir en limitarlo mediante prohibiciones, topes arbitrarios o discursos de culpabilización resulta tan ineficaz como injusto. La experiencia demuestra que el mercado responde mejor a incentivos que a vetos. Gestionar flujos mediante precios variables, facilitar la desestacionalización y premiar las buenas prácticas es más inteligente que asfixiar al sector que sostiene gran parte del bienestar de las islas.
El drama de la vivienda es otro ejemplo claro de políticas fallidas. Años de trabas burocráticas, licencias interminables y normativas contradictorias han reducido la oferta hasta niveles insostenibles. El resultado es previsible: alquileres disparados y jóvenes expulsados de su propia tierra. Desde una perspectiva liberal, la solución no pasa por controles de precios que agravan el problema, sino por liberar suelo, agilizar permisos y fomentar la rehabilitación, permitiendo que la oferta crezca y el mercado vuelva a equilibrarse.
También es momento de hablar sin complejos de la eficiencia del sector público. Las crisis climáticas, la presión migratoria o la protección del patrimonio cultural exigen administraciones ágiles, transparentes y evaluables. Colaborar con el sector privado no es una amenaza al interés general, sino una herramienta para mejorar resultados, reducir costes y ofrecer mejores servicios a los ciudadanos.
Desde el PLIE español, la apuesta es clara:
más libertad económica, más responsabilidad individual y un Estado que regule con inteligencia, no con miedo. Baleares necesita menos consignas ideológicas y más soluciones prácticas. Menos prohibir y más facilitar. Menos paternalismo y más confianza en la sociedad civil.
Las islas no deben elegir entre prosperidad y calidad de vida. Con políticas liberales bien diseñadas, pueden —y deben— tener ambas.



