
En los debates contemporáneos sobre identidad, migraciones y cohesión social, una de las trampas conceptuales más frecuentes es la idea del “reemplazo”. Este término, cargado de miedo y simplificación, sugiere que la identidad colectiva es un objeto fijo, frágil y amenazado por la diversidad. Frente a esa narrativa, desde el PLIE resulta imprescindible proponer otra mirada: no se trata de reemplazar identidades, sino de integrarlas.
Las señas de identidad de una sociedad no son piezas de museo. No permanecen intactas a lo largo del tiempo, sino que se construyen históricamente a partir de procesos de intercambio, conflicto, mestizaje y adaptación. Pensar la identidad como algo cerrado conduce inevitablemente a políticas de exclusión, mientras que entenderla como un proceso vivo abre el camino a una convivencia democrática más sólida.
El discurso del reemplazo suele apoyarse en una falsa dicotomía: o preservamos “lo nuestro” o lo perdemos. Sin embargo, la historia demuestra exactamente lo contrario. Las sociedades que han logrado mayor estabilidad y creatividad cultural son aquellas capaces de integrar nuevas experiencias, lenguajes y prácticas sin renunciar a sus valores fundamentales. La integración no borra identidades: las resignifica y las fortalece.
Desde el PLIE, entendemos la integración como un proceso bidireccional. No se trata únicamente de la adaptación de quienes llegan, sino también de la capacidad de la sociedad receptora para revisarse a sí misma. Integrar implica reconocer derechos, promover la participación activa y generar espacios donde las diferencias no se vivan como amenaza, sino como parte constitutiva del proyecto común.
Es importante subrayar que integración no equivale a homogeneización. No busca uniformar ni diluir las particularidades culturales, sociales o religiosas. Por el contrario, apunta a construir un marco compartido de valores democráticos, donde la pluralidad sea compatible con la cohesión social. Este equilibrio es uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo.
El énfasis en el reemplazo suele aparecer en contextos de incertidumbre económica, crisis política o transformaciones aceleradas. En esos escenarios, ciertos discursos buscan canalizar el malestar social hacia chivos expiatorios, desplazando el foco de los verdaderos problemas estructurales. Frente a ello, el enfoque integrador propone una salida más compleja, pero también más justa y eficaz.
Hablar de integración en nuestras señas de identidad significa reconocer que dichas señas no se debilitan al incluir, sino que se empobrecen cuando excluyen. Significa también asumir que la identidad no es una herencia pasiva, sino una responsabilidad colectiva. Cada generación la redefine, no desde la ruptura, sino desde la continuidad transformadora.
El PLIE sostiene que el desafío actual no es defender identidades imaginarias del pasado, sino construir identidades compartidas para el futuro. Esto exige políticas públicas inclusivas, narrativas responsables y un compromiso activo con la convivencia democrática. La integración no es una concesión: es una inversión social y cultural.
En definitiva, si de algo debemos hablar hoy no es de reemplazo, sino de integración. No como consigna vacía, sino como principio político y ético. Porque solo integrando podremos sostener sociedades cohesionadas, diversas y capaces de afrontar los desafíos del mundo contemporáneo.


