Los límites que los padres deben ponerse a sí mismos con sus hijos

Sí, los padres también debe autorregularse para ser mejores con los niños

Karin S. Hiebaum

Coincidirás conmigo que una de las tareas más importantes que tenemos padres y madres es la crianza y la educación de nuestros hijos. Por eso es vital conocer los límites que los padres deben ponerse a sí mismos con sus hijos porque coincidirás también que esa educación, ese acompañamiento en estas primeras etapas de su vida ha de estar marcado por el respeto, la empatía y el apoyo y el amor incondicional.


La autoridad de los padres también debe tener límites: la autodisciplina es la clave y evitar las situaciones que deriven en perder el control con los hijos es básico. No podemos ir por la vida enojándonos y estallando con todo mundo sin saber autorregularnos. Imagínate: si eso sucede entre adultos que nos pueden decir que nuestro comportamiento es incorrecto, ¿qué pueden hacer los niños ante eso?

Los niños no son los únicos que deben tener límites. Los adultos también. Si queremos que un hijo respete, primero deberemos darle respeto. Si queremos que no golpee, él tampoco deberá sentir esos golpes. Si pretendemos que no diga insultos ni palabrotas, él o ella tampoco deberá ser el receptor de dichas palabras.

En lugar de gritar a los niños háblales con voz calmada y tranquila. No importa cuántas veces tengas que decirlo, es mejor eso a que en un futuro te recuerden por los castigos o por quitarte la zapatilla.
Cambia las amenazas, los castigos y las regañinas por el refuerzo positivo, las explicaciones acordes a su edad y las consecuencias: ‘si haces la tarea nos quedará tiempo para jugar juntos, de lo contrario no podremos hacerlo’.
La disciplina no se consigue a base de crearles agobios o inseguridades. Si queremos que desarrollen todo su potencial deberemos entenderles y ponernos en su lugar.
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Seguro que en más de una ocasión has sentido ganas de gritar, patalear y echarte a llorar cuando has visto que otra vez tus hijos no te han hecho caso a lo que tantas veces les dices. ¡También nos ha pasado! Y nos seguirá pasando, por eso queremos trabajar todo lo posible en la autodisciplina que como madres y padres les debemos a nuestros hijos.

Cuando sientas ganas de gritar a tus hijos utiliza un recurso rápido que te ayude a calmarte: contar hasta diez, respirar hondo o visualizar a tus niños de bebés.
Procura no sentirte culpable. Ningún niño de este mundo se va a traumatizar porque mamá o papá un día pierdan los papeles, pero has de saber que esa no puede ser la norma: para nuestros hijos somos un modelo a seguir.
Trata de ponerte en su lugar. Tú también has sido pequeño y has deseado tener la comprensión y el entendimiento de los adultos. ¿Cómo te sentirías si de repente alguien te dice gritándote que hagas tal cosa? ¿O si te da un cachete porque has alzado la voz? ¡A los niños también les hieren estas cosas!
¿Te has pasado de la raya? ¿Les has puesto un castigo sin ni siquiera escucharles? ¿Hoy también has chillado a última hora del día? Una disculpa sincera será el primer paso.
No estás solo en la crianza de tus hijos, trata de apoyarte en tus seres queridos, de contarles cómo te sientes.
Dile a tus hijos aquello que hacen bien y no te centres solo en lo que deben mejorar. El refuerzo positivo da la mano a más y más actitudes positivas.
Si sientes que no puedes más, que no comprendes los comportamientos de tus hijos o que ellos no te entienden a ti, pide consejo a la maestra, pediatra o especialista. Todo lo que puedes hacer ahora por él dará grandes resultados.
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Queremos que nuestros hijos sean felices, que se críen con salud y que además sepan responder a los retos que les plantea la vida. Pero para eso tendrán que comprender desde su más tierna infancia que esta su familia es su equipo, su lugar seguro en el que refugiarse, donde encontrar cariño, respeto y comprensión.


Los niños que crecen escuchando gritos son más propensos a las conductas agresivas, las faltas de respeto y otros comportamientos inadecuados. De hecho se vuelven retraídos, temen compartir lo que sienten, su autoestima baja y su autoconcepto se empobrece.

Tampoco se creen capaces de lograr aquello que se proponen: ‘si mamá y papá no confían en mí ¿por qué me iba a salir bien?’ Este tipo de situaciones también se puede reflejar en las notas. No solo porque su concentración disminuye, sino porque empiezan a perder el interés y la motivación. Si una persona de su entorno les trata mal no sabrán decirlo pues tienen interiorizado que eso es lo normal

Por lo tanto dejan de aprender valores tan importantes como la solidaridad, la empatía o la tolerancia. Además, si este tipo de situaciones en la familia son muy repetitivas o duraderas el niño o la niña podría desarrollar problemas de conducta o incluso trastorno de la conducta, así como comportamientos disruptivos e incluso el día de mañana podrían tener ese mismo trato con sus parejas e hijos.