El presente informe analiza tanto el contexto geopolítico como las motivaciones y repercusiones que puede acarrear el último conflicto bélico que ha estallado entre Hamás e Israel, en el que existe el riesgo de una peligrosa escalada en una región ya de por sí volátil y marcada por la rivalidad entre grandes potencias.

1) De diluvio a tsunami: escenario y repercusiones de la última guerra entre Hamás e Israel

Las cifras no hablan por sí solas. En el momento en que escribo, el balance de la guerra iniciada por Hamás tras infiltrarse en los territorios y poblaciones israelíes adyacentes a la Franja de Gaza el pasado sábado 7 de octubre es de 600 israelíes muertos, más de 2.200 heridos; 413 palestinos muertos, 2.200 palestinos heridos; 2.200 cohetes lanzados desde la Franja y un número aún por determinar de secuestrados y desaparecidos. Decía que las cifras no hablan por sí solas porque para que las cifras expresen algo más que la magnitud de la consternación y de la sorpresa deben ir acompañadas de un porqué, de un cómo y de un para qué. El objetivo del presente análisis es dar respuesta a estos interrogantes e intentar hacer algo de prospección en los escenarios que se nos presentan en el futuro Oriente Próximo.

2) ¿Por qué?

Establecer el elenco de los porqués nos obliga a abrir una cadena de causalidades que se retrotraen décadas atrás, hasta llegar al fallido proceso de paz, pero que parecen converger en la dinámica de normalización de relaciones entre Israel y algunos países árabes iniciada en septiembre de 2020 y que se conoce como los Acuerdos de Abraham, a los que Hamás se opone vehementemente. Los acuerdos han supuesto la apertura, por primera vez desde la creación de Israel, de relaciones oficiales de carácter diplomático, económico, militar y civil con Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Marruecos y Sudán. La entrada de Arabia Saudí en los acuerdos y los avances en las conversaciones negociadas en los últimos meses y que esperaban concluir a finales de año han acelerado, sin duda, la elección del momento, poniendo de relieve que el actor rival que le disputa la hegemonía que Arabia Saudí intenta proyectar sobre la región, la República Islámica de Irán, es al que debemos mirar para encontrar el segundo de los porqués

Las razones de Irán para encabezar la bandera de la oposición a los acuerdos son dobles. Por un lado, los saudíes han reclamado como condición para sentarse a negociar con Israel concesiones por parte de Estados Unidos (EEUU) en materia de seguridad (acuerdo de defensa mutua), energía nuclear (civil) y el levantamiento de las restricciones para la venta de armas al reino saudí (incluyendo el codiciado F-35). Por parte de Israel, los saudíes han condicionado su entrada en los acuerdos a avances en las reclamaciones palestinas para concluir un estatus final que les garantice un Estado propio y, a pesar de que se ha cuestionado el compromiso del príncipe heredero, Mohamed Bin Salman, con el pueblo palestino, lo cierto es que en una encuesta reciente, tan sólo el 2% de los jóvenes árabes de la región eran partidarios de normalizar las relaciones con Israel y a Arabia Saudí, en su intento de presentarse como líder regional, la opinión pública le importa. Ambas cuestiones, tanto el incremento de la disuasión saudí como su liderazgo en la diplomacia de la paz, resultan contrarias a los intereses de la república islámica, que disputa el liderazgo e influencia en la región. Y aquí es donde primeramente encontramos la convergencia de intereses entre Hamás e Irán, el Estado que ha esponsorizado y ayudado a planificar el ataque masivo a Israel.

La Autoridad Palestina de al-Fatah, principal rival de Hamás en la disputa por la representación del pueblo palestino desde que en el 2007 se hizo con el control en la Franja de Gaza, había  presentado a través de su negociador, Hussein al-Sheikh, hace poco más de un mes, un documento con seis puntos donde esgrimían sus peticiones a las autoridades saudíes para la conclusión de un acuerdo con Israel. Entre esas peticiones se encontraban gestos representativos de carácter político-diplomático, como la reapertura de los consulados estadounidense y saudí en Jerusalén, el reconocimiento de Palestina como Estado en la Organización de Naciones Unidas (ONU) y otras más sensibles para Israel, como el cambio de estatus de territorios en Cisjordania considerados como parte de la zona C (bajo el control absoluto de Israel) a zona B (territorios bajo control civil palestino, pero con la seguridad controlada por Israel). Además de ello, al-Fatah solicitaba el retorno de la financiación saudí a la Autoridad Palestina. Y esto no es un punto menor. En unos territorios donde la supervivencia económica depende de donaciones de Estados situados a ambas orillas del golfo Pérsico, sería contrario a los intereses de Hamás, tanto que la Autoridad Palestina saliera favorecida económicamente de los acuerdos como que se beneficiara del rédito político de condicionar la normalización de las relaciones a la reapertura de las negociaciones territoriales con Israel. Irán no quiere que Arabia Saudí pueda convertirse en una potencia regional con capacidad de disuasión e influencia política y Hamás no desea reabrir un proceso de paz que pueda disputarle su liderazgo y que acabe destruyendo su propia razón de ser: enarbolar la lucha armada frente a Israel hasta hacerlo desaparecer.

La incorporación de Hizbulah, el gran brazo armado de Irán en la región, al tablero de la guerra, debe leerse asimismo en esta convergencia de intereses por desestabilizar la situación e impedir el alcance de cualquier acuerdo. Ello explica que el líder de Hizbulah, Hassan Nasrallah, declarara el mismo día de los ataques que la operación de Hamás era un claro mensaje de advertencia al mundo árabe y a aquellos partidarios de la normalización. El encuentro secreto mantenido en la embajada iraní en Beirut el pasado mes de abril que recogió el Wall Street Journal y en el que se informaba de un acuerdo secreto celebrado entre el jefe de la Fuerza Quds (Cuerpos de élite de la Guardia Revolucionaria Islámica), general Esmail Qaani, y los líderes de Hizbulah, Hamás y Yihad Islámica, son un indicio de que Irán estaba instigando a sus aliados a perpetrar una ola de nuevos ataques coordinados contra Israel. Incluso ya existen especulaciones que indican que Esmail Qaani se encuentra en el sur del Líbano dirigiendo las operaciones contra Israel.

El segundo de los porqués que explican el ataque masivo de Hamás en este preciso momento tiene que ver con las ventajas estratégicas que la actual fractura de la sociedad israelí presentaba para Hamás. El levantamiento civil contra el gobierno de Netanyahu que desde el pasado mes de enero ha movilizado a buena parte de la sociedad israelí opuesta a las reformas antidemocráticas y antiliberales encaminadas a alterar el equilibrio de poderes en favor del Ejecutivo, ha encendido a buena parte de la comunidad de defensa y de inteligencia en Israel. Especial protagonismo ha tenido un movimiento encabezado por los reservistas de “Hermanos y hermanas en armas”, que había amenazado con no cumplir con su deber si eran movilizados para apagar los incendios que este gobierno de extremistas religiosos ultranacionalistas estaba provocando en Cisjordania. La grieta abierta en la otrora unida “nación en armas” ha sido aprovechada por Hamás para lanzar su ataque frente a un Israel dividido y gobernado por una coalición débil de ultranacionalistas radicales que, al igual que Hamás, son contrarios a cualquier concesión territorial que señale el camino hacia la paz, curiosamente basándose en los mismos presupuestos míticos: que la tierra es sagrada e indivisible y que tiene un único dueño legítimo.

3) ¿Cómo?

Decía Friedrich Nietzsche que “aquél que tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo”. Y en el ámbito de los cómo, el efecto táctico de la sorpresa del ataque de Hamás, su modus operandi y la carga simbólica del momento elegido son reseñables y apuntalan su porqué.

En un conflicto como el árabe-israelí, trufado de símbolos de liberación, autodeterminación, sacralización del derecho a la tierra o la elevación de la guerra a la categoría de santa y sus perpetradores a la de mártires, la elección del 50 aniversario de la Guerra de 1973, conocida popularmente como Guerra del Yom Kipur o Guerra del Ramadán, aludiendo a las festividades religiosas que se estaban celebrando en ese momento, están relacionadas con el intento de un movimiento religioso islamista de consolidar su legitimidad y su narrativa libertadora por medio de una victoria cargada de símbolos religiosos. El día elegido para el ataque, además de conmemorarse los 50 años y un día de esa guerra que pilló por sorpresa a Israel y cuyo final nunca ha considerado como una victoria plena (por el número de pérdidas humanas), coincidía, irónicamente, con la celebración del último día de la fiesta de Sucot, el día de la “alegría de la Torá”. Frente a esa alegría sobrepusieron la operación Al-Aqsa, recordando a todos los musulmanes su deber de defender el tercer lugar más santo para el islam y renovando su compromiso de no cesar hasta expulsar a los usurpadores de Dar al-Islam.

El despliegue en una operación conjunta sin precedentes y perfectamente coordinada por tierra, mar y aire implica un nivel de sofisticación en las comunicaciones, en el ámbito operacional y en el financiero que, como ya hemos apuntado, Hamás no habría podido conseguir sin el respaldo financiero y táctico de Irán. 

La llamada a la rebelión de los árabes israelíes, de los palestinos de Cisjordania y de los Estados vecinos de Israel (léase Líbano y Siria, pero también se han añadido Irak y Yemen, todos ellos con milicias apoyadas por Irán), es un recordatorio de que el daño podría ser mayor si Hizbulah, el mejor ejército de cuantos bordean a Israel y principal peón de Irán en la región, decidiera entrar en guerra. Los recientes ataques perpetrados por Hizbulah en la frontera con Líbano han obligado a Israel a abrir un frente preventivo en el norte, que podría extenderse con su armada hacia las aguas territoriales, donde sus pozos de gas ya han sufrido algún ataque por parte de la organización islamista. En el sur del país, donde los milicianos islamistas han tomado rehenes en los kibutz y pequeñas poblaciones cercanas a Gaza, Sderot o Ashkelon, la táctica israelí parece dirigirse hacia una política de tierra quemada, lo que obligará a desplazar a las poblaciones israelíes de esas áreas. Por otro lado, la respuesta que está dando Israel en la Franja de Gaza, con ataques aéreos dirigidos contra infraestructuras de Hamás en la zona con mayor densidad de población del mundo, están causando la destrucción de viviendas, infraestructuras y vidas de cientos de civiles palestinos. Se avecinan días duros y en los que sin duda habrá que aplicar la contención para evitar un mayor desastre humanitario. La guerra se prevé larga y la entrada de EEUU en el tablero, tras el anuncio de Joe Biden junto con el secretario de Defensa norteamericano, Lloyd Austin, de ofrecer su apoyo incondicional a Israel y del envío del grupo de portaviones USS Gerald R. Ford junto con munición y equipamiento adicionales, dan cuenta de las dimensiones de la operación que Israel está preparando en la Franja de Gaza. De cuán efectiva sea, dependerá la consecución del objetivo de acabar con el poder de Hamás en la Franja; y de cuán cruenta sea, dependerá la magnitud del incendio que la operación desate en la región.

4) ¿Para qué?

Finalmente llegamos al ámbito de los para qué, que es la pregunta que apela al sentido último de una acción y es aquí donde la situación ofrece más margen para el análisis y la interpretación. El primer para qué debemos mirarlo desde la óptica de Hamás, que se beneficia de este ataque porque intenta monopolizar la representación del pueblo palestino y con ella afianzar su carácter de actor político en una región en la que las viejas alianzas se están recalibrando al tiempo que llegan nuevos actores como Rusia o China, que desean sacar ventaja de este nuevo equilibrio. La estrategia de muchos en Israel, y particularmente del primer ministro Netanyahu, ha sido la de imponer la paz como un hecho consumado en la región, al que se adhiere la causa palestina como un post-it en un tablón de anuncios. Hamás no quiere la paz en estos momentos y por ello quería evitar una situación similar a la de Camp David en el 2000, en la que los palestinos se sintieron los convidados de piedra y siempre percibieron como una oferta ya pactada entre EEUU e Israel y frente a la cual se esperaba que firmaran y asintieran.

El segundo de los para qué tiene que ver con las visiones antagónicas que existen en un sistema de relaciones regionales penetrado por grandes potencias ajenas a la región. Algunos académicos han afirmado en muchas ocasiones que Oriente Medio era una región sin regionalismo, es decir, una región sin visión política de región, en la que prevalecían los intereses nacionales sobre otros intentos de superar las divisiones internas, como la Liga Árabe o el Consejo de Cooperación del Golfo, y que, por ello, estas tentativas de organizar la cooperación estaban destinadas al fracaso. Lo que Irán está ofreciendo a través de Hamás, Hizbolah y otros delegados es su propia versión de regionalismo frente a la rival que podría encabezar Arabia Saudí si entrara en la política de alianzas iniciadas con los Acuerdos de Abraham y que suponen, por otro lado, la renuncia a la iniciativa de paz árabe liderada por la propia Arabia Saudí y presentada en el 2002 como alternativa a los difuntos Acuerdos de paz de Oslo. La disyuntiva frente a este nuevo regionalismo con EEUU como garante es un regionalismo con un Irán nuclear como garante de la independencia regional.

Por último, la espectacularidad del ataque, el terror provocado en la población civil israelí y la extensa difusión de las imágenes de los ataques en redes sociales y otros medios demuestra que la operación es un claro acto de propaganda, dirigido a producir no un diluvio, como ellos mismos han llamado simbólicamente a la operación, sino un tsunami similar al que supuso la destrucción de las Torres Gemelas en el 2001.

Evidentemente, huelga decir que la continuada ocupación militar israelí de los territorios palestinos y el sometimiento de sus poblaciones a las políticas de control de movimiento, suministros o medios de vida, aportan, desde el punto de vista de sus víctimas, el mayor sentido a cualquier acción de resistencia que se efectúe. Lo cual no justifica los medios. La pregunta es si el impacto en ambas sociedades y la dimensión del ataque compelerán a ambas partes a reflexionar sobre una estrategia a largo plazo que garantice la seguridad a los ciudadanos israelíes y devuelva la dignidad a los palestinos, ofreciendo con ello un sentido a las muertes que la guerra va a generar. Todo conflicto armado presenta limitaciones muy serias al diálogo, pero su repercusión sobre las conciencias también genera ventanas de oportunidad para la paz. Si la señal del final del diluvio fue para Noé una paloma que llevaba en el pico una rama de olivo como símbolo de la paz, el final de este tsunami tal vez traiga una esperanza similar, aunque antes haya que limpiar el lodo del dolor y la destrucción que la guerra va a causar, así como depurar sus responsabilidades. 

Conclusiones

La guerra iniciada por Hamás el pasado sábado 7 de octubre ha conseguido el objetivo efectista que buscaba, tomando por sorpresa tanto a Israel como al resto de sus aliados. El terror que ha causado buscaba sin duda una respuesta contundente de Israel, a fin de romper el marco negociador iniciado con los Acuerdos de Abraham en septiembre del 2020 y provocar el realineamiento de fuerzas, en un contexto por la disputa de la hegemonía en la región entre los liderazgos de Arabia Saudí e Irán.

El 7 de octubre de 2023 Hamás llevó a cabo desde Gaza una serie de incursiones terroristas en Israel que han provocado una severa respuesta militar por parte de este, incluida una incursión terrestre en Gaza que amenaza con desestabilizar la economía de la región.

A nivel económico, hay que distinguir entre los efectos regionales generales y para algunos países frágiles de la zona de los efectos sobre el propio Israel (con diferencia, la economía más dinámica y productiva de la zona).

Efectos económicos sobre la región

Por el momento el conflicto se está circunscribiendo a Gaza, pero no es imposible que, de prolongarse en el tiempo, termine extendiéndose a otras partes de la región. La mayor amenaza radica en la posibilidad de un enfrentamiento abierto entre Israel e Irán, aunque no hay que descartar la posibilidad de combates en Cisjordania o una mayor participación de Hizbulah.

Los precios del petróleo y del gas se están manteniendo relativamente moderados, con una cierta prima de riesgo derivada del conflicto, pero sin grandes sobresaltos. El precio del crudo subió tras los atentados, pero unos días después se moderó y se mantiene por el momento por debajo de los 85 dólares. Los mercados están muy pendientes de las reuniones de la Organización de los Países Exportadores de Petróleo Plus (OPEP+), ya que permanece en el recuerdo la guerra del Yom Kippur en los años 70, que llevó a los países árabes a restringir las exportaciones de petróleo a Occidente. Hoy el mundo es muy diferente, la economía mundial es mucho menos intensiva en energía y Estados Unidos (EEUU) –el principal apoyo de Israel– es autosuficiente energéticamente, pero no hay que descartar una escalada repentina de los precios que pudiera rebasar la barrera psicológica de los 100 dólares.

Ese escenario se traduciría en un incremento de la inflación, cuya persistencia podría llevar a los bancos centrales –que parecían estar ya relajándose– a seguir subiendo tipos, con graves consecuencias para la demanda mundial y, sobre todo, para la estabilidad financiera, dados los altos niveles de endeudamiento, tanto en los países emergentes como en los países desarrollados. Una subida del petróleo enriquecería a los países productores (incluido Rusia, facilitándole el mantenimiento de su guerra en Ucrania), aunque también daría al traste con sus objetivos de diversificación económica. Por otro lado, un contexto de fuerte desaceleración de demanda y de elevada incertidumbre económica y militar tampoco sería fácil de gestionar para los países del Golfo, que sufrirían fuertes caídas de la inversión.

Figura 1. Principales variables macroeconómicas en la región de Oriente Medio

PIB (% var.)Inflación (% medio anual)Balanza c/c (% PIB)
201920202021202220192020202120222019202020212022
Arabia Saudí0,8-4,33,98,7-2,13,43,12,54,6-3,15,113,6
Egipto5,53,63,36,713,95,74,58,5-3,4-2,9-4,4-3,5
EAU1,1-5,04,47,9-1,9-2,1-0,14,88,96,011,511,7
Irán-3,13,34,73,834,736,440,245,8-0,7-0,43,94,2
Irak5,4-12,11,67,0-0,20,66,05,0-0,7-15,06,917,3
Israel3,8-1,59,36,50,8-0,61,54,43,45,44,23,4
Gaza y Cisjordania1,4-11,37,03,91,6-0,71,23,7-10,4-12,3-9,8n.d.
Jordania1,8-1,62,22,50,70,41,34,2-1,7-5,7-8,2-8,8
Kuwait-0,6-8,91,18,91,12,13,44,013,14,627,236,0
Líbano-6,9-25,9-10,00,02,984,9154,8171,2-27,9-15,7-17,3-28,8
Omán-1,1-3,43,14,30,1-0,91,52,8-4,6-16,2-5,46,4
Qatar0,7-3,61,54,9-0,9-2,52,35,02,4-2,114,626,7
Yemen2,1-8,5-1,01,515,721,731,529,5-6,1-17,0-15,4-17,8

Fuente: FMI y elaboración propia.

Uno de los países que más cerca habrá que seguir en los próximos meses es Egipto, no sólo por su cercanía a Israel y su papel en Gaza, sino porque ya partía de una situación económica muy deteriorada, agravada por la guerra en Ucrania (dada su dependencia de grano y de flujos turísticos). Para 2023 se espera un crecimiento del 4,2% y una inflación del 23% que pone a la población en una complicada situación. El riesgo de una crisis alimentaria, sin embargo, parece hoy mucho más reducido que hace un año. Por otra parte, el Fondo Monetario Internacional (FMI) está muy pendiente de la situación del país (tras la aprobación de un programa de 5.000 millones de dólares para 2022-2023, que incluye 2.000 millones de dólares por venta de acciones en empresas del sector público a través del Fondo Soberano de Egipto).

Uno de los principales problemas de Egipto es su elevado endeudamiento en dólares que le obliga a recurrir a préstamos de los bancos centrales de los países del Golfo. La deuda pública en 2022 fue del 89% del PIB, muy por encima de la media de la región. El problema es que el margen fiscal es escaso, pero la guerra amenaza con aumentar las necesidades, ya que el flujo de refugiados gazatíes requerirá de ayuda exterior para evitar tensiones sociales. Cabe recordar que, si Jordania recibió en 2016 650.000 refugiados sirios con un coste estimado de 2.600 millones de dólares, en este caso el número de desplazados puede ser más del doble. Por otra parte, Egipto es un país importador neto de energía, de modo que una subida de precios sería un golpe adicional para su economía.

Líbano es otro de los países clave en el conflicto y también inmerso en una fuerte crisis económica. Al default de su deuda pública externa en 2020 (la primera en su historia) le siguió la crisis del COVID-19 y la explosión en el puerto de Beirut, en medio de una crisis política y problemas financieros (incluidas operaciones dudosas del banco central). El impacto económico y social de la crisis ha sido dramático: una caída del PIB de un 40% en tres años, una depreciación de la moneda superior al 90%, una inflación del 150% y un fuerte aumento del desempleo y de la pobreza. El sector público está bloqueado, apenas se prestan servicios públicos y el sector bancario está hundido. Como consecuencia, la economía sumergida se ha multiplicado.

Con un Estado ausente y en medio de una guerra, el FMI está intentando ayudar a que el Líbano estabilice su sistema financiero de forma creíble, mejore la sostenibilidad de su deuda y logre unificar el tipo de cambio de su moneda, pero la presencia en el Líbano del cuartel general de Hizbulah no va precisamente a facilitar la estabilidad ni la recuperación económica.

Jordania es otro de los países doblemente afectados por el conflicto y por la crisis económica. Su economía apenas creció un 1,6% en 2022 tras el desplome del PIB en 2021 de un -12,1%, y aun así mantiene una inflación de casi un 5%. Jordania está casi quebrado y en 2022 recibió un préstamo del FMI de 1.200 millones que fue renovado en noviembre de 2023, ante la imposibilidad de repagarlo (mucho menos en un contexto de guerra). Uno de los mayores riesgos ahora para Jordania es que el conflicto se extienda hacia Cisjordania, generando un flujo de refugiados que en este momento sería prácticamente imposible de asumir (el gobierno ha llegado a decir que un desplazamiento masivo de población sería considerado una “declaración de guerra”). Jordania también comparte con Egipto su vulnerabilidad ante subidas del precio de la energía.

Así pues, la guerra en Gaza se produce en un momento particularmente frágil para las economías de la región, en especial las limítrofes (aparte del evidente hundimiento económico de las zonas de conflicto). Un empeoramiento de la situación económica o un flujo inasumible de refugiados en Egipto y Jordania podría ser muy desestabilizador para toda la región. El papel estratégico de estos dos países, firmes aliados de EEUU y con valiosa influencia sobre la Autoridad Nacional Palestina (ANP), hace que sea difícil que se permita su desplome (que también los países del Golfo contribuirán a evitar). Pero la población es joven y está desesperada, y la experiencia de la Primavera Árabe demuestra lo fácilmente que se produce el contagio entre países.

Efecto sobre Israel

El caso de Israel es muy distinto al del resto de países de Oriente Medio. A diferencia de estos, la economía de Israel estaba en un momento pujante, con tasas de crecimiento del 9,3% en 2021 y 6,5% en 2022, una inflación del 4,4% y flujos de inversión directa recibida de más de 20.000 millones de media desde 2017. Con una renta por habitante que supera los 45.000 dólares, una fuerza de trabajo altamente productiva y una economía con una fuerte especialización tecnológica, Israel venía disfrutando en los últimos años (a pesar de la inestabilidad política) de una excelente racha económica que se ha visto truncada por los ataques de Hamás y su respuesta militar.

Una economía de guerra jamás es beneficiosa para un país. Nada más empezar el conflicto, el séquel israelí (que ya estaba sufriendo la crisis derivada de las protestas por las medidas de Netanyahu que amenazan el sistema judicial del país) se hundió a su nivel más bajo frente al dólar en más de 10 años y obligó al banco central de Israel a vender 30.000 millones de dólares de reservas para sostenerla (y al mismo tiempo a reducir sus previsiones de crecimiento). La moneda se ha recuperado desde octubre, pero se mantiene en niveles históricamente bajos.

El 19 de octubre el Ministerio de Finanzas anunció un fuerte aumento del gasto en defensa y para cubrir gastos de desempleo, transformando una economía abierta y pujante en una economía de guerra que genera varios tipos de riesgo para economía de Israel.

En primer lugar, una peligrosa escasez de mano de obra. Por un lado, la movilización de reservistas ha sido ingente: las Fuerzas Armadas han llamado a más de 360.000 personas, es decir, el 8% de la fuerza laboral del país, una convocatoria mayor que en la guerra de 1973 (cuando se reclutaron 200.000 reservistas) y mucho más peligrosa, porque el coste de oportunidad es hoy mucho mayor que entonces. Muchos de los llamados a filas son de los empleados más productivos del país en una economía particularmente segmentada donde los trabajadores industriales son un 25% más productivos que la media de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y el resto un 40% menos productivos (entre los que se incluyen los miembros de las comunidades ultraortodoxas, que apenas aportan reservistas). Esto se produce en un contexto general (común a muchos países desarrollados) de falta de mano de obra, con una tasa de desempleo de apenas un 3,2% y la imposibilidad legal de contratar trabajadores fijos para sustituir a los llamados a filas. La organización Start-Up Nation Central calcula que el 70% de las empresas tecnológicas tienen dificultades para funcionar, entre otras cosas porque el 10% de los trabajadores tecnológicos han sido movilizados. Por otra parte, los palestinos de Cisjordania son clave para la economía israelí, ya que absorben gran parte de los trabajos poco cualificados (se calcula que unos 200.000 palestinos trabajan en Israel o en sus asentamientos) y la guerra puede provocar problemas de movilidad (cruce de frontera) o incluso huelgas. El FMI estima que la falta de mano de obra palestina durante la segunda Intifada (entre 2000 y 2005) fue una de las principales causas de la desaceleración del crecimiento israelí. La agricultura, un sector también estratégico para Israel, vive hoy lo que el ministro de Agricultura ha denominado “la peor crisis de mano de obra de la historia”, con cosechas arruinadas porque faltan más de 40.000 trabajadores (10.000 de ellos tailandeses, que abandonaron el país poco después de los atentados).

En segundo lugar, el deterioro de las expectativas de inversión a corto y medio plazo en un contexto de incertidumbre como el actual. Israel recibió en 2022 casi 28.000 millones de dólares de inversión directa, la mitad procedentes de EEUU y Canadá y una cuarta parte de la Unión Europea (UE). Es el país del mundo, junto con Corea del Sur, que mayor porcentaje de su PIB dedica a investigación, desarrollo e innovación (un 4,3%), lo que explica que cuente con la concentración más elevada de empresas de alta tecnología del mundo, después de Silicon Valley. La presencia de numerosas empresas de biotecnología, defensa, telecomunicaciones, electrónica (Intel anunció en 2019 una inversión de 11.000 millones de dólares), software, ciberseguridad (la mitad de las inversiones mundiales del sector se destinan a Israel), aeroespacial, equipos médicos, tratamiento de aguas y tecnología agraria, en uno de los ecosistemas de startups tecnológicas más avanzado y con presencia de múltiples fondos de capital-riesgo, habían transformado a Israel en los últimos años en una referencia mundial. En 2021 el 15% del PIB israelí era producido por empresas de alta tecnología, responsables del 43% de las exportaciones totales y en las que trabaja uno de cada 10 empleados. Todo eso, sin embargo, corre el peligro de dañarse considerablemente como consecuencia de la guerra. Ante la incertidumbre, los inversores (en particular, los del sector de tecnología, uno de los más volátiles), podrían optar por trasladarse a EEUU u otros países con una mayor estabilidad, transformando los costes industriales coyunturales en estructurales.

Figura 2. Inversión directa extranjera recibida en Oriente Medio (millones de USD)

2019202020212022
Arabia Saudí4.5635.39919.2867.886
Egipto9.0105.8525.12211.400
EAU17.87519.88420.66722.737
Irán1.5081.3421.4251.500
Irak-3.508-2.859-2.637-2.088
Israel17.36323.10921.48627.760
Jordania7307606221.137
Kuwait351240567758
Líbano1.9051.607605458
Omán4.2372.8894.0213.716
Qatar-2.813-2.434-1.09376
Yemen-371n.d.n.d.n.d.

Fuente: UNCTAD.

En tercer lugar, la incertidumbre y el miedo a la guerra también está siendo muy dañino para el consumo privado, ya que una gran parte de la población se queda en casa y cambia sus hábitos de gasto, renunciando a frecuentar restaurantes y centros comerciales. El turismo, que es una de las principales fuentes de ingresos de Israel (aportó 5.500 millones de dólares en 2022) se ha detenido. Al igual que durante la crisis del COVID-19, empresas y trabajadores están recibiendo ayudas para cubrir la falta de ingresos.

En cuarto lugar, y en relación con lo anterior, las finanzas públicas corren el riesgo de volverse insostenibles, con unos ingresos paralizados (el ingreso del IVA empresarial, por ejemplo, se ha aplazado y los ingresos de la seguridad social se han hundido) y un gasto desbocado para hacer frente a los costes militares y a los subsidios. Si Israel tuvo en 2022 un superávit fiscal del 0,6% del PIB, sólo en octubre el déficit alcanzó los 6.000 millones de dólares. La deuda pública, por su parte, que ascendió en 2022 al 60,9% del PIB, ha aumentado casi 8.000 millones de dólares en un mes desde que comenzó la guerra. Dicho esto, el margen fiscal sigue siendo elevado. El déficit primario podría rondar el 8% para el conjunto de 2023 y la deuda el 62%, niveles que siguen siendo sostenibles. El banco central dispone aún de reservas por valor de 170.000 millones de dólares. También hay que contar con la ayuda de EEUU, si el presidente Biden es capaz de desbloquear la propuesta al Congreso de 14.000 millones de dólares en ayuda militar. No obstante, los tipos de interés podrían subir y la prima de riesgo ya lo está haciendo (el spread del bono israelí a 10 años con el del Tesoro estadounidense subió casi 50 puntos básicos el primer mes tras el inicio de la guerra). Si la guerra se prolonga, las finanzas podrían deteriorarse muy rápidamente.

Así pues, los gastos derivados de esta guerra, que incluye una costosísima invasión terrestre, superan con creces los de previos enfrentamientos con Hamás y eso que la Intifada de 2000 supuso –según el banco central israelí– una factura del 3,8% del PIB. Si la guerra del Yom Kippur estuvo a punto de provocar el colapso financiero de Israel, esta guerra, con un coste mucho mayor tanto en términos nominales como de oportunidad (pérdida de recursos destinados a actividades más productivas) podría ser muy peligrosa para el futuro del país.

Efectos geopolíticos

A diferencia de la invasión de Ucrania, que provocó un rechazo generalizado en la comunidad internacional (más allá de que muchos países no querían verse obligados a condenar a Rusia), la reacción a la guerra en Gaza se ha convertido en un elemento de discusión en el seno de la comunidad internacional. La condena de los brutales atentados de Hamás fue unánime y despertó una ola de solidaridad internacional con Israel, pero la dureza de la respuesta militar y su coste en término de vidas civiles (incrementado por el hecho de que Hamás no duda en parapetarse detrás de edificios civiles para aumentar el coste político de las represalias) ha terminado por provocar fuertes discrepancias ente el seno de la comunidad internacional. En general, se acepta sin discusión tanto el derecho de Israel a defenderse como la necesidad de minimizar las víctimas civiles colaterales, pero en un mundo donde los matices escasean algunos países ponen el énfasis en lo primero y otros en lo segundo (aparte de la tensión añadida que supone la ocupación israelí o el hecho de que Hamás defienda el exterminio de los judíos con independencia de la posible resolución del conflicto territorial). La resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas de 27 de octubre que reclamaba una “tregua humanitaria inmediata, duradera y sostenida” entre las fuerzas de Israel y de Hamás en Gaza recabó el voto desfavorable (aparte de Israel) de 13 países, entre ellos EEUU, Austria, Croacia, Chequia y Hungría, así como la abstención de 45 países, entre ellos Australia, Canadá, Dinamarca, Estonia, Finlandia, Alemania, Grecia, Italia, Japón, Letonia, Lituania, Polonia, Corea, Rumanía, Eslovaquia, Suecia, Ucrania y el Reino Unido.

Las divergencias en el seno de la UE (que contrastan con la práctica unanimidad ante el conflicto de Ucrania), unidas a la defensa prácticamente incondicional de Washington a las acciones de Israel (aunque ya surgen algunas voces críticas dentro del partido demócrata), están provocando una cierta decepción y profundización de las distancias entre Occidente y el denominado “sur global” o “sur plural”, especialmente en el mundo árabe, que se queja de un doble rasero occidental a la hora de evaluar qué se entiende por derecho a responder a una ocupación o qué se entiende por crímenes de guerra.

En cualquier caso, y más allá de la percepción, la guerra en Gaza está detrayendo atención y recursos de la guerra en Ucrania, un conflicto existencial para Europa. El gobierno de EEUU tiene cada vez más dificultades para conseguir del Congreso dotaciones de financiación y armamento para ambos conflictos, hasta el punto de proponerlas de forma conjunta para evitar votaciones separadas. Por otro lado, el conflicto coincide con un momento en el que el cansancio de la guerra en Ucrania se extiende por Europa y, aunque oficialmente el apoyo a Ucrania es incondicional, aparecen voces discrepantes. La inesperada victoria en las elecciones en los Países Bajos de Geert Wilders, defensor de poner fin a la ayuda europea a Ucrania, unido a la creciente presión del primer ministro de Hungría, Viktor Orbán, para que se revise la estrategia de apoyo a Kyiv, no facilitan la armonía en una UE que ya tiene de por sí muchos problemas.

La guerra en Gaza, en cualquier caso, ha paralizado la normalización de política las relaciones de Israel con varios países árabes, en la que se venía trabajando en los últimos años (bajo el auspicio de EEUU, en el marco iniciado por los Acuerdos de Abraham) mientras estos estrechaban de forma más o menos discreta sus vínculos comerciales e inversores. En 2020, Emiratos Árabes Unidos (EAU) y Bahréin reconocieron formalmente a Israel, seguidos por Sudán y Marruecos; se cree que Arabia Saudí estaba cerca de hacerlo cuando se produjeron los atentados. De hecho, la interrupción de este proceso a través de una escalada de violencia regional es probablemente uno de los objetivos inmediatos de los atentados (evitando así un aislamiento de Irán). Aunque EAU y Arabia Saudí han evitado declaraciones incendiarias (y no quieren deteriorar aún más sus complicadas relaciones con EEUU), lo cierto es que la guerra los pone en una situación política comprometida ante sus ciudadanos (al igual que ocurre en Marruecos). Mientras, Argelia, Libia y otros países del Golfo como Omán han optado por una retórica más dura, negando el carácter terrorista de Hamás y condicionando el reconocimiento de Israel a la solución de la ocupación de Palestina. Mientras, Qatar, que apoya financieramente a Hamás y alberga su oficina política en Doha (con varios líderes allí exiliados), aprovecha su ascendiente sobre Hamás para ofrecerse como mediador.

China, por su parte, ha adoptado en este conflicto un papel de potencia neutral, con un claro interés en la paz y la estabilidad en la región tanto para expandir su iniciativa Belt and Road como para evitar un agravamiento de la economía mundial (que no se puede permitir, hoy menos que nunca). Como tiene vínculos con Irán, ha tardado en condenar el ataque de Hamas y sólo después de un tiempo reconoció el derecho de Israel a la legítima defensa (insistiendo al tiempo en el respeto al derecho internacional y la protección de los civiles), con un lenguaje mucho más matizado que el de EEUU. Por el contrario, India fue de los primeros países en condenar los atentados y el gobierno de Modi ha mostrado en todo momento una clara solidaridad con Israel (haciendo referencia, entre otras cosas, al peligro del terrorismo islamista del que ambos países son víctimas). La divergencia respecto la postura de China hace que en este complejo asunto tampoco se pueda decir que el “sur global” habla con una sola voz.

Turquía también intentó en un primer momento convertirse en mediador del conflicto y aumentar así su peso geopolítico, pero, ante su escaso éxito, finalmente optó por endurecer su postura contra Israel, con declaraciones muy agresivas, aumentando las tensiones con Washington.

En América Latina, tan sólo Venezuela ha manifestado un apoyo claro a Hamás, pero únicamente Ecuador, Perú y Argentina han expresado su firme apoyo a Israel, limitándose el resto a exigir la desescalada del conflicto (en el caso de Brasil, en un tono especialmente duro hacia Israel).

Efectos para España

Los efectos económicos para España por el momento son relativamente moderados y el verdadero peligro sería más indirecto, en caso de una extensión del conflicto y un empeoramiento de la inflación y subida de los tipos de interés.

Por lo que respecta al comercio de bienes (Figura 3) Israel es el segundo mercado más importante para las exportaciones españolas en Oriente Medio, sólo después de Arabia Saudí y por delante de EAU y Egipto. Las exportaciones españolas a Israel aumentaron mucho en la última década, gracias en gran medida a los proyectos de infraestructuras. En 2022, España exportó a Israel 2.170 millones de euros (en gran medida productos químicos y sector de automóvil, otra maquinaria, cerámica y plásticos). Las exportaciones a Israel son las que más peligro tienen de verse afectadas por la guerra, aunque el resto de las exportaciones a la región podría sufrir si se deteriora la situación económica de la región.

Figura 3. Comercio de España con países seleccionados de Oriente Medio (millones de €)

2019202020212022
Export.Import.Export.Import.Export.Import.Export.Import.
Egipto1.5158821.4606601.5951.1881.5692.930
Líbano41443261382765334945
Israel1.5307341.4736491.8108242.1701.052
Gaza y Cisjordania14090140220
Jordania29452263762685737582
Arabia Saudí1.8164.2861.7382.2711.9142.9692.9655.116
EAU1.8404941.5053041.7118122.0161.445
Siria521637833123618
Irak1811.8871448011581.5211733.359
Irán2269220664239105230165
Omán175302192620772262456
Yemen3743263844713

Fuente: Datacomex, Ministerio de Economía.

En cuanto a la inversión, la extranjera en España de estos países es mínima y la inversión de España también es muy reducida y está concentrada en EAU (54 millones de euros en 2022), Israel (15 millones) y Arabia Saudí (13 millones).

Los verdaderos riesgos para España pueden venir en caso de un recrudecimiento de la guerra o una reacción por parte de los países exportadores de petróleo que tuviera serias consecuencias sobre los costes energéticos y la inflación. En ese caso, los bancos centrales se verían obligados a proseguir la escalada de tipos de interés, lo que podría tener consecuencias muy peligrosas países con altos niveles de deuda pública como España, máxime en un contexto de revitalización del Pacto de Estabilidad y Crecimiento con reglas fiscales mucho más estrictas a partir de 2024.

Conclusiones

La guerra entre Israel y Hamás amenaza con desestabilizar la región, tanto desde el punto de vista político como económico. Por el momento las implicaciones económicas se limitan a los propios países involucrados en el conflicto, dentro de los cuales el más perjudicado será el propio Israel, ya que gozaba de una excelente salud económica y se había convertido en un atractivo destino de una inversión tecnológica que podría dañarse de forma severa si se prolonga la guerra (que además está causando una grave insuficiencia de mano de obra en sectores clave). Existe la preocupación de que las maltrechas economías de Egipto o de Jordania se deterioren aún más, espoleadas por un posible flujo de refugiados difícil de asumir en el contexto actual, además del riesgo de otros países frágiles como el Líbano o Siria. En otros países más sólidos desde el punto de vista económico, la extensión de la guerra corre el peligro también de generar tensiones en su joven población.

A nivel geopolítico, la guerra está acentuando el alejamiento del denominado “sur global” de Occidente, del que se percibe un doble rasero a la hora de evaluar los conflictos. Esto, sin embargo, no implica necesariamente que otros actores geopolíticos estén ganando peso, ya que las discrepancias también afloran dentro del bloque no occidental.

Por el momento nada hace pensar que la guerra vaya a extenderse a un enfrentamiento con Irán (en parte gracias a la firme actitud estadounidense), pero nada es imposible. En caso de deterioro o expansión del conflicto, el impacto para la economía mundial sería mucho mayor, generando sin duda un fuerte incremento de los precios de la energía y de su volatilidad que podría dar al traste con la lucha de los principales bancos centrales mundiales contra la inflación, provocando alzas inesperadas de tipos que tendrían graves consecuencias sobre la demanda mundial y la estabilidad financiera.

MMag. Karin Silvina Hiebaum/ Analista Internacional

Una opinión sobre “Primera Parte -Explicando los efectos económicos y geopolíticos de la guerra de Gaza

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